La noche del 7 de
Octubre estaba fría, un poco de llovizna. Fue
un encuentro sin presentimientos, como ocurre siempre en el infinito juego de
azares y certidumbres imprevistas que es la existencia, momentos y palabras que
sin razón alguna te desubican y ubican a la vez.
Y así me detuve en la entrada, fijamente mirando a todos los que
presenciaban un íntimo encuentro de personajes periodísticos y amigos cercanos,
en donde resaltaba la presencia del Ex Premier. Muchas personas me hablaron de
él, lo ensalzaban, utilizaban frases de éxtasis sobre su presencia y lo
enigmático, misterioso y que a su edad reflejaba la apariencia de un tío power,
a lo Richar Gere. En más de una ocasión
comenté que su parecido físico con Vargas Llosa, era casi idéntico.
César Villanueva para mí fue siempre el tipo de político que no solía
transmitir ese sinsabor que para los que no son ayayeros ni politiqueros, como
mi caso, nos agradaba. Conocí de él, lo suficiente como para poder hablar, pero
entendí más de él, cuando logré tenerlo en intimidad.
Villanueva literalmente estaba del otro lado de la vitrina mojada y yo
mirándome en ella y en impregante mirada como en el espejo que prefija la
continuidad de los encuentros hasta el infinito. Esa mirada fue la que observé
cuando escuchó “Con aroma a café”. Una mirada curiosa, un aplauso y la intriga
que causo en mí al observarlo.
Con sesenta y algo de años encima, con el acompañamiento inseparable
del cigarrillo, con su tan peculiar camisa a rayas y el aire de intelectual y
niño a la vez. Su sola presencia cuando nos presentaron me puso nerviosa, los
tragos empezaron a llegar, roncito con hielo y limón en su punto, el ambiente
ya estaba hecho. Periodísticamente atractivo. Una frase salida de él me congeló
por un segundo, “Revelaste mi secreto”. Para ser sincera me sentí preocupada,
pues en el año que voy escribiendo en esta columna no había osado hablar a la
ligera directamente de alguien. Pasó por mi mente que quizás el hablar de
infidelidad, desamores y ataques directos a los indefensos del género
masculino, había generado en él, como en otros personajes Sanmartinenses alusión
y susceptibilidad frente a temas en los que yo tenía la sartén por el mango.
Pues no, falsa alarma, Villanueva prosiguió y me confesó que la columna “Con
aroma a café”, desde su inicio le pareció simpática, por un pequeño detalle, el
cual le trasladaba a una de sus reuniones en Washington , en dónde reveló el
secreto que tiene Perú y la Amazonía, en tener el mejor café del mundo, era la
presencia de mujeres al sembrar, cosechar y estilizarlo, acompañado del
exquisito aroma que emana del café.
Con tremenda aterrizada a la realidad y sabiendo que lo que me decía no
era nada personal, agregué una leve sonrisa coqueta y pícara a la vez (algo que
me caracteriza desde niña). El Ex Premier finiquito agradeciendo el haber
pensado en ese “aroma a café” para poder transmitir artículos de opinión, que
sin duda estaban al gusto de los lectores.
Con el pello erguido como gallo después de haber ganado una pelea, el
ron con hielo me refrescaba. La noche se tornó más amena y atractiva. Empecé a
hacer catarsis, pude identificar la fortaleza que existe para quienes
escribimos en un diario, pues llegamos a ser portavoces con la realidad de una
sociedad y de una cultura, cultura viva que traspasa fronteras, como el aroma a
café…se extiende, cautiva, excita y enamora.
La cualidad maestra de Villanueva para mí es el uso de la inmensa
ventaja de su erudición. No una falsa erudición, sino la erudición verdadera,
insondable, arcana, a través de la cual es posible construir todo un mundo
imaginario, utilizando sus reflejos, y sus caminos y entreveros como si se
tratara de un laberinto imposible, un falso laberinto, que es el mundo apócrifo
de la ficción, morirá siempre de una puñalada limpia.
Que alguien como él, que perseguía la perfección con delirio. Que siempre buscó no atacar a alguien
mediáticamente, generó un puente para congeniar, tratando de llegar a fondo
para lograr algo que fuera lo más parecido a la verdad, aún con trampas, como
las citas falsas de autores que nunca existieron. Yo estaba ahí, el tío bien
puesto también, el puente fue el aroma a café, pero la tertulia fue el éxtasis
de lo más íntimo en mí, la pasión por escribir.
En apariencia, quizás no haya nada tan lejano al mundo de Villanueva
con mi mundo. Para una aprendiz apasionada y con amor al escribir, esa noche significó
un encuentro íntimo y de placer al conversar; fue como ir de Perú a Japón, atravesar el mundo.
Estuve con él, intelectualmente un humorista con
vestiduras de político.
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