La semana pasada sentí
balas por todos lados, parecía que me encontraba en una de esas películas de
vaqueros. Me escabullí y grité: “Si no te gusta no leas, papito”. Sin duda hay
lectores de todos los colores y sabores. Mi abuela decía: “Cada cosa tiene su
lugar. Cada oveja su pareja. Cada tema su experto y cada tontería, su pendejo”
Algunos se asfixian
con el humo de su cigarrillo, de ese que lo sienten tan suyo. Los saberes
catedráticos de la literatura van rodando por cada uno de los peldaños de la
escalera. A mí, me encanta ese encanto con el que se publica y se consume lo
que la carta del menú tiene. Escribo lo que quiero, lo que me interesa, lo que
les interesa, lo que me hace sentir plena, lo mío, no lo tuyo.
Los temas que
escribo, para muchos es condenatorio. Los que la condenan son los que más
letras eliminan por el inodoro, que las que logran conservar. Hace una semana,
mientras se celebraba el día del Comunicador Social, me quedé estupefacta con
los insultos de un sabelotodo en las redes sociales, al referirse a “mi puta
vida”, como si de verdad me conociera tanto. Intenté saber quién era, y me di
con la gran sorpresa que me topaba con un vendedor de helados que fungía de
poeta.
El sabelotodo me
dijo desde “acuñista”, hasta que le indigesta mi aroma a café. No entiendo,
sino le gusta éste café debería no tomar y seguir navegando a través de ese
humo que deja nuestras calles nocturnas, evaporando calor y derritiendo hasta
la limonada más fría. Mis artículos están cargados de tonalidades, matices de
sensualidad, de realidad de una vida que engatusa como queriendo obtener algo,
a cambio de, no son líneas para gustar a todos, pues sabemos que eso es
imposible.
Comunicadora,
periodista y escritora, sin hacer alarde de grandes estudios de literatura en
la capital, aprendí cada día la aventura fascinante que entrega la palabra.
Cada semana, por casi tres años, me ha devuelto la vida. Sin embargo, en un
día, en una red social, me acusaban de lo más bajo, y quien lo hacía era un
súper especialista en utilizar fotos sin mencionar los créditos en un diario
que ya no existe, justamente porque parte de sus actos, sí, era estafar.
Me costó mucho
indagar sobre este poeta, porque hasta la semana pasada, era un perfecto
desconocido, y hoy es quien se va muriendo por el veneno que tiene dentro y no
puede tragárselo, porque terminaría muriéndose. Su cobardía le hizo borrar “mi
puta vida” de su posteo en las redes sociales, porque sabía que eso le iba a
costar un juicio que le terminaría cobrando hasta su último helado de fruta.
Quiero traer a texto
a uno de los escritores que más me seduce, Gabriel García Márquez, quien ha
luchado por devolver la libertad de prensa en su país. Han pasado 20 años desde
que él convocara a un grupo de periodistas para luchar por esta causa, de
opinar sin sentirse censuradas, acusadas, violentadas. Y es que en este medio
periodístico, nos sentimos oprimidas porque por ser mujeres nos quieren
destruir, cuando en realidad no saben que las mejores guerras ya son ganadas
por aquellas compañeras que por años se las denominó el sexo débil.
Mi café no es rancio
y su aroma no es putrefacto. El café no cansa, porque para ello se prepara dosis
de calidad, esas que devuelven la energía, la vida y el amor.
Así que, Sr.
vendedor de helados, convierte tus palabras y tu poesía en helados, esos de
café con chispas de chocolate, de vainilla con lúcuma o algún sabor que pueda
sorprender. Y busca tu pista de
aterrizaje en otro lado. Esta es la única forma en la que responderé a tus
bajas expresiones, grotescas, miserables, agresivas y misóginas. Porque a las
finales, sino te gusta, no leas lo que escribo. Los lectores de Con aroma a
café, son de otro nivel, sin necesidad de haber estudiado literatura y escribir
uno que otro poema. Ellos simplemente son y serán personas que aman la vida y
aman el tan sublime amor.
Y solo me quedaré con la duda de preguntarte
algún día… ¿Se te chorrea el helado?
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