Llegó el
momento. Yo sabía que me iba a doler, pero jamás imaginé cuánto. Sentía que me
iba a desmayar, cogí fuerzas internas y controlé mi respiración. “Inhala y
exhala, por favor, no duele”, me decía a mí misma. Me quedé adormecida, la
jornada se volvía interminable.
Mis ganas
superaban a mis miedos. Aunque estaba muerta de nervios, vivir esa nueva experiencia,
me enloquecía. Mi piel se estremecía con solo pensar todo lo que podría
ocasionar mi decisión. No había vuelta atrás, estaba a punto de cambiar algo en
mí y la puerta de escape estaba cerrada. Traté de tranquilizarme y vivir mi
propia experiencia. Ésta fantasía resultaba cada vez más interesante.
El sudor
mojaba cada rincón de mi cuerpo. Quería escapar de ese lugar, mis piernas se
desataban y mientras ponía resistencia, él sujetaba con más fuerza. Sospecho
que en algún momento quiso detener todo y pedirme que me vaya, pero no lo hizo,
su misión era escribir poesía sobre mí, dejar una huella imborrable.
Estuve una
hora conteniendo las lágrimas de dolor, me ardía y punzaba las piernas. Por
momentos bombardeaba una amplia variedad de palabrotas y gruñía
aprobatoriamente, subía el tono y lo bajaba. Me mordía la mano para controlar
mis impulsos, total, él no tenía la culpa, yo estaba ahí por deseo, por
iniciativa, por gusto, capricho y amor. “Sería mejor que te controles si
quieres que todo quede perfecto”, me decía con una voz calmada.
Mientras
él perfeccionaba la puntería, me reía y retorcía, entre cosquilleos y parálisis
total del cuerpo, seguía jadeante, esperando que todo termine. Es tan sexy y
divertido sentir que alguien domine tu cuerpo y que poner resistencia podría
estropear todo en un dos por tres.
Mi cuerpo
se volvía una obra de arte, como aquel libro que necesita hojas escritas para
que la historia quede completa y para que enamore a más de uno. Necesitaba
quedar inmortalizada, aunque los comentarios externos me condenaban a que por
ello moriría quemada en el fuego del infierno.
Era
irónico, no me sentía mal por cometer ese pecado que muchos condenan, es la
tentación más deliciosa en la que he caído. Es
natural que lo que nos gusta lo queramos repetir una y otra vez. Pero en este caso, la necesidad
se puede tornar insaciable. Es un placer que genera simplemente
"querer más", pero que puedes controlarlo.
Cuando por
fin terminó, no podía creer lo hermoso que era. El sufrimiento valió la pena.
“Listo, he terminado”. Volteé para ver y quise llorar de la felicidad.
Me envolvió
la pierna con un plástico como si de un jamón se tratara. Me dijo que lo
conservara así durante tres horas. Llegué a casa con un dolor y ardor tremendo,
quite el plástico y lo lavé con mucho cuidado porque sentía que me iba a arrancar
la piel con sólo tocarlo. La lavé tres veces y le puse crema para hidratarla.
Me sentía felizmente adolorida.
Al tercer
día ya no me dolía. A la semana se me empezó a caer la piel, y como se
imaginarán, casi muero del susto, pero afortunadamente mi amiga ya había pasado
por eso y me dijo que era normal, era parte de la acción. A las dos semanas mi
pierna estaba como nueva.
Sin duda,
tatuarme fue una de las mejores experiencias que he vivido. Pasión disfrazada
en dolor. La mejor historia de amor que escribí en mi piel tiene el nombre de
“Con aroma a café”
No saben
lo rico que se siente ser auténtica y no una simple copia.
Así que simplemente
vive, si algo te gusta, átalo a ti con pasión. Si quieres tatuarte, hazlo,
porque tu cuerpo siempre será el infierno en el que más de uno quisiera arder.
Es imposible querer solo uno, si te gusto el primero, ten por
seguro que vas a querer otro.
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