Es un
lenguaje de deseo, excitante en diversos grados. Va pasando de boca en boca,
escondiéndose de la clandestinidad. Algunos se sonrojan, otros simplemente le restan
importancia, sin embargo, otros se deleitan de las consecuencias que las malas
lenguas puedan ocasionar. A veces nos eleva hacia el más alto clímax y otras
nos enfurece hasta gritar maldiciendo a todo el mundo.
Nacen como si fueran seres vivos, se desarrollan
y mueren. Incluso pueden reencarnarse con nuevos bríos o hasta con nuevo
cuerpo. El chisme es producto de la convivencia social y se aprende con el
tiempo, y todos de alguna forma lo hemos practicado.
En esta ocasión deseo tocar un cáncer que se está extendiendo
de forma alarmante en nuestra sociedad: La emisión de juicios o el tan popular “chisme”. Hablar
de los demás es una práctica común, incluso aunque no tengan argumentos, emiten
juicios en contra de las personas sólo por simples sospechas o por comentarios
aislados, generados por personas rencorosas y frustradas que se sienten
aliviadas hablando mal de los demás.
El chisme es tan antiguo como el mundo y, hasta el filósofo
griego Epícteto, se
ocupó de él dando un sabio consejo: "Si te vienen a decir que alguno ha hablado mal de ti, no te empeñes en negar lo que ha
dicho; responde solamente que no sabe tus otros vicios, y que de
conocerlos, hubiera hablado mucho más".
El chisme provoca
placer, asevera Pedro Horvat, médico- psicoanalista, como cuando de niño se espía la sexualidad de los padres, inconscientemente nos enteramos de cosas prohibidas y así aprendemos más sobre el
mundo. Y el otro placer de tener acceso a lo que el resto ignora.
La intimidad ajena puede resultar
atractiva, su destrucción no es un progreso, sino una peligrosa involución. ¿Por qué nos atrae tanto hablar del otro? Es que el otro, nuestro
semejante, nunca está excluido del hablar cotidiano. Y el chisme siempre necesita a un
tercero ausente y perjudicado. Si nos pusiéramos meticulosos, podríamos ver que la circulación del chisme
comienza con un acuerdo, con una pequeña mascarada que pone en
juego la intención de inmovilizar su carrera: "Júrame. Júrame que no va a salir de tu boca". Que parezca un secreto. Pero hay un
segundo pacto, más tácito y subterráneo, que ingresa en la gama de lo no dicho. Esa es la cláusula motriz, la que
garantiza la supervivencia del chisme. La que da por sentado que ese
receptor particular hará lo necesario para mantenerlo
con vida. ¿Cómo?, ¡difundiéndolo!
Antiguamente el honor y la honra eran los bienes
más preciados de las personas y su pérdida se consideraba irrecuperable, y
cuando alguien ofendía el honor y la honra de un individuo, esta ofensa se
lavaba con sangre generalmente en un duelo. En nuestros días, estos conceptos se
han quedado en el tiempo y lo que
ofrecemos a nuestros jóvenes, es una sociedad en la que todo se puede comprar y
vender, donde prima la mediocridad y la falta de valores morales.
Es hijo de la ligereza y del invento. Injurioso o trivial, más falso que verdadero, está
inscrito en los avatares de la vida cotidiana. Es cercano al
chiste, ya que ambos fenómenos aderezan y dan consistencia al lazo social. Por
eso, se cuelan en la fiesta del lenguaje y en los pasillos de esta sociedad casi cibernética.
Y no sólo aceitan las bisagras del funcionamiento social, sino
que nos recuerdan que estamos divididos. Que somos de luz y sombra. Que hay pelusa debajo de las
alfombras.
Detengámonos a vivir una vida más significativa, buscando la forma
de dejar de “interesarnos” en las vidas ajenas y comenzar a preocuparnos más de
nuestras propias vidas, es decir, dedicarnos a mejorar y a corregir nuestros
defectos, sin joder al resto, sin esa obsesión de vivir como cuervos, queriendo
sacar los ojos a como dé lugar. ¡Cuántos males, sufrimientos y rencores serían
evitados si habláramos con sinceridad!
En general, en todas las lenguas, el chisme está asociado de
alguna manera a la maledicencia. Como si conllevara casi siempre esa porción de veneno, como si fuera un recipientito que
transporta una idea teñida de hostilidad, algo que pincha y mata.
No hay nada escondido
entre el Cielo y la Tierra", reza el proverbio. Sobre todo en lo que concierne a las cosas
del decir, somos dueños de nuestros silencios, pero esclavos de nuestras palabras.
Líbrame de las malas lenguas, que de las buenas,
disfruto bien…
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