Hace
unas semanas acudí a mi cita con mi dentista, sí, mi tortura a la que me someto
cada quince días, como nunca ese día la sala de espera estaba repleta, era las
siete de la mañana, empecé a observar a las personas, ese es un ejercicio que
suelo hacerlo con frecuencia. Mientras más observaba, más me sorprendida, pues
de las quince personas, trece estaban idiotizadas con sus teléfonos móviles.
Irracionalmente, sentía que la evolución tecnológica los estaba volviendo seres
inutilizables.
Y
llegué a una conclusión: los celulares están ocasionando hipnotismo
descabellado en las personas, quienes al momento de pegar sus dedos a su móvil,
lo hacen con el interés de gilear con el chico que les gusta, controlar al
enamorado, reencontrarte con viejas amistades y aumentar tu ego con un par de
fotos en las que sales mejor producida y que te genera mayor cantidad de likes.
Los
celulares también nos hacen meter la pata y bien metida. Por ello considero que
hay cosas que una mujer o un hombre no debería hacer jamás. Se trata de cosas
que yo misma ya no tendría que volver a hacer.
El
maldito aparato móvil, útil para casi todo, menos para mí, en determinadas
circunstancias, ha generado comportamientos inconscientes y conscientes, que,
como todo, ha variado con la edad, experiencia y la forma de vivir, pero parece
que nada es suficiente y vuelvo a cometer el mismo error a los 25 años, igual
que en la época que daban “Carmín”.
En el comienzo de mis amores, recuerdo que no existían los celulares, así que podías llamar al chico que te gustaba, pero no siempre
funcionaba, porque las mamás o los hermanos malograban el plan.
En cambio si era él el que atendía, los largos silencios en los que escuchabas su voz era un sueño.
Y
así, la tecnología derrotó a un sin fin
de aparatos inexistentes y trajo consigo los celulares, los identificadores de
llamadas, los mensajes de texto… es decir, se terminó el anonimato, ya no se
podía llamar y colgar a quien te gustaba, ya no podías torturar a la mujercita
que se ponía en oferta con tu enamorado. No, ahora todo delataba. Créanme, más
de cinco veces, pensando que aún existía la llamada en anonimato, timbraba y
colgaba, hasta que el chico que me gustaba me dijo “Por qué me llamas tanto”,
casi muero, pero santo remedio.
Esconderse
de una novia celosa tampoco es tan fácil ahora. Dice mi amiga Claudia que se llama el síndrome
DWI (Dial when intoxicated, algo así como el síndrome de llamar borracha) en
Estados Unidos. Es difícil de explicar y a mi psicóloga le fue difícil de
entender. A veces cuando he tomado más de una copa y me encuentro sola, marco
ciertos números telefónicos, por supuesto, no llamo a mis amigos, lo que sería
lo más razonable, llamo al novio en cuestión. Y si no es novio, es la persona
de quien estuviese enamorada, sin importar que me hubiese dejado, o que yo no
le importe un pepino, o que estemos en algo.
A los chicos que me han tenido que soportar al otro lado de la línea
no sé qué decirles: “Perdón por despertarlos”, podría ser. Quizás solo me
sentía sola o los extrañaba, necesitaba hablar con alguien o que alguien me
salvará de mi soledad. Solo hay una cosa buena: nunca recuerdo qué dije. Mi
memoria alcohólica es selectiva y la vergüenza es insoportable.
Adiós alcohol, no
eres buen compañero de mi celular. Lo prefiero a él, lo nuestro se acabó…!
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