AKRA

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martes, 28 de abril de 2015

El telefonito no es una necesidad

Hace unas semanas acudí a mi cita con mi dentista, sí, mi tortura a la que me someto cada quince días, como nunca ese día la sala de espera estaba repleta, era las siete de la mañana, empecé a observar a las personas, ese es un ejercicio que suelo hacerlo con frecuencia. Mientras más observaba, más me sorprendida, pues de las quince personas, trece estaban idiotizadas con sus teléfonos móviles. Irracionalmente, sentía que la evolución tecnológica los estaba volviendo seres inutilizables.
Y llegué a una conclusión: los celulares están ocasionando hipnotismo descabellado en las personas, quienes al momento de pegar sus dedos a su móvil, lo hacen con el interés de gilear con el chico que les gusta, controlar al enamorado, reencontrarte con viejas amistades y aumentar tu ego con un par de fotos en las que sales mejor producida y que te genera mayor cantidad de likes.
Los celulares también nos hacen meter la pata y bien metida. Por ello considero que hay cosas que una mujer o un hombre no debería hacer jamás. Se trata de cosas que yo misma ya no tendría que volver a hacer.
El maldito aparato móvil, útil para casi todo, menos para mí, en determinadas circunstancias, ha generado comportamientos inconscientes y conscientes, que, como todo, ha variado con la edad,  experiencia y la forma de vivir, pero parece que nada es suficiente y vuelvo a cometer el mismo error a los 25 años, igual que en la época que daban “Carmín”.
En el comienzo de mis amores, recuerdo que no existían los celulares, así que podías llamar al chico  que te gustaba, pero no siempre funcionaba, porque las mamás o los hermanos malograban el plan. En cambio si era él el que atendía, los largos silencios en los que  escuchabas su voz era un sueño. 
Y así, la tecnología  derrotó a un sin fin de aparatos inexistentes y trajo consigo los celulares, los identificadores de llamadas, los mensajes de texto… es decir, se terminó el anonimato, ya no se podía llamar y colgar a quien te gustaba, ya no podías torturar a la mujercita que se ponía en oferta con tu enamorado. No, ahora todo delataba. Créanme, más de cinco veces, pensando que aún existía la llamada en anonimato, timbraba y colgaba, hasta que el chico que me gustaba me dijo “Por qué me llamas tanto”, casi muero, pero santo remedio.
Esconderse de una novia celosa tampoco es tan fácil ahora.  Dice mi amiga Claudia que se llama el síndrome DWI (Dial when intoxicated, algo así como el síndrome de llamar borracha) en Estados Unidos. Es difícil de explicar y a mi psicóloga le fue difícil de entender. A veces cuando he tomado más de una copa y me encuentro sola, marco ciertos números telefónicos, por supuesto, no llamo a mis amigos, lo que sería lo más razonable, llamo al novio en cuestión. Y si no es novio, es la persona de quien estuviese enamorada, sin importar que me hubiese dejado, o que yo no le importe un pepino, o que estemos en algo.
A los chicos que me han tenido que soportar al otro lado de la línea no sé qué decirles: “Perdón por despertarlos”, podría ser. Quizás solo me sentía sola o los extrañaba, necesitaba hablar con alguien o que alguien me salvará de mi soledad. Solo hay una cosa buena: nunca recuerdo qué dije. Mi memoria alcohólica es selectiva  y la vergüenza es insoportable.

Adiós alcohol, no eres buen compañero de mi celular. Lo prefiero a él, lo nuestro se acabó…!

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