Siempre he pensado, por qué escribo en busca del hombre perfecto, si ése
en realidad no existe, me han preguntado reiteradas veces cómo es el novio que
busco. Yo también me lo he cuestionado innumerables veces y a la única
conclusión a la que he llegado es que la repuesta es muy difícil. ¿Por qué?
Porque después de algunas separaciones, muy aparte de las condiciones en las
que se dio su final –una conversación sensata, una pelea con las subsiguientes
secuelas o una verdadera pesadilla hecha realidad, de esas que te hacen jurar
“por esta no paso otra vez ni muerta”–, estos trances me han dejado con la
certidumbre de lo que no quiero, pero de una forma paradójica lejos de lo que
quiero, o de lo que me gustaría.
Sería insulso y
frío enumerar cuatro o cinco cualidades generales para perfilar a quien me
quisiera tener al lado, y que de hecho considero vitales como la integridad, la
honestidad, el valor, la fuerza; sin embargo, siempre he preferido los
detalles, porque creo que son estos los que van creando a la persona imperfecta
y maravillosa que se acerque a mi imaginario personal y a quién podría llamar
novio.
Entonces, ante la
imposibilidad de describir a alguien con mayor claridad, aquí va un pequeño
acercamiento al que podría llamar una imagen idealizada, más que a un ser real,
por el momento, a partir de mis propios deseos.
Me gustan las
cosas simples. Como quedarme a ver una película que por causalidad en mis
búsquedas en la internet me llamó la atención y terminé adorando todo el trama
cinematográfico; adoro leer libros, si me lo dieron como detalle, aún mejor, lo
leo en un instante; acompañar mi soledad con un buen café, un cigarrillo y
hacerlo eso en pleno contacto con la naturaleza, es ideal.
Recuerdo claramente cuando vi “Comer, Rezar y Amar” comiendo
hamburguesas con salchicha que había escondido en mi bolso antes de entrar a la
sala del cine (antojos de los que sufro de vez en cuando). Pero nada podrá
superar el día en una película que irónicamente no recuerdo el nombre, un novio
y yo no pudimos soltarnos de la mano muchas horas después salido del cine; creo
que tuvimos miedo de que la imposibilidad del amor de la que trataba el filme
estuviera por ahí esperando por nosotros. Como la vida no es ficción, claro que
llegó, meses más tarde.
Soy una persona de
campo, me encanta poder escapar de la rutina, instalarme en una casita rústica,
lejana, desconectada de todo y en contacto de tanta maravilla, es un tipo de
catarsis que ayuda a volver a entender nuestro valor existencial. Me gustan las
ciudades grandes, pero también me gustan los picnic, así sean en un restaurante
abarrotado de gente o en rápida cena de dos, motos estacionadas, un vino, algo
de queso y muchas risas en común, si lo acompañamos de besos mojados, mejor.
Me maravilla como una larga conversación puede alejar a las demás
personas y a los pensamientos rutinarios, dejando sólo dos voces que dan paso
la una a la otra. Me encanta escuchar y me encanta hablar, si estoy con tragos
encima, me vuelvo la más parlanchina del mundo, y cuando oigo puedo darme
cuenta de esa observación secreta de quien aún no conoce por completo al otro y
sentir esas mismas miradas puestas en mí. Y cuando el espionaje mutuo se encuentra,
ya no hay qué decir, sólo sentir una abrumadora coincidencia no de atracción
física, si no de entendimiento.
Amo escribir, de preferencia cuando estoy en busca de encontrarme a mí
misma , en esos momentos en los que mi alma quiere gritar y lo plasmo en unas
breves líneas, que se tornan largas, me encanta poder escribir y compartir mis
sucesos existenciales, amorosos y hasta sexuales, no es que sea la doctora
corazón o la mismísima Alexandra Rampolla, aunque en algún momento me pegué tanto con esta
sexóloga, que deseaba estudiar esa ciencia del sexo jajajaja. Es decir, que una
de las mejores maneras para poder ser feliz, es escribiendo, esa pasión es irremplazable.
Me gustan las
personas racionales, con un trasfondo oculto de romanticismo, claro, si lo
sacan a relucir de vez en cuando, también me gusta mucho que las personas sean
un tanto sensibles, pues no siempre sólo se vive de racionalismo. Por lo mismo
que soy una persona impaciente, sé que esa extraña mezcla de precisión de
actitudes y pensamientos, y un apasionamiento nada convencional, crea esa
química poco común entre dos personas diferentes que descubren en sus
diferencias características comunes.
Viajar es un
requisito casi indispensable. No necesariamente a ningún otro país, ciudad o
distrito, sino a lugares nuevos que antes nunca hubiera imaginado que
existiesen; espacios no materiales que se convierten en sitios nuevos, y quizás
en recuerdos bonitos. Soy una persona curiosa (por curiosidad, no por
considerarme a mi misma original o diferente), me gusta conocer en el sentido
de aprender. La generosidad para enseñar es única. Hay personas egoístas a las
que no les gusta ni siquiera presentar amigos o contarte de un libro increíble
que leyó, algo que yo nunca entenderé. Esta generosidad a la que me refiero es
más dulce cuando te das cuenta de que no se limita al interés que la persona
pueda tener en ti, sino a los demás.
Y pasando a un
plano superficial, me gustan las personas con la capacidad de recordar cosas
como que me gusta tomar agua con gas helada y un vaso con hielo al lado, que
mis colores favoritos son el morado en todos sus derivados, aunque casi siempre me vista de negro, que la
única cosa que no me gustan son las comidas extremadamente picantes, que diga siempre
“no sé”, no porque no supiera, sino porque en momentos deseo que esa persona
toma las decisiones y las riendas de mi y de mis deseos, prefiero ducharme en
lugar de bañarme.
Quiero que esa persona esté dispuesta a compartir charlas
interminables y silencios cómodos, que un abrazo y un beso pueda reemplazar mi
cara de enojada. Que a veces los celos que tengo son para escuchar que “soy la única
mujer en su vida” “la única que le interesa” y “que soy tonta en pensar que
otra podría reemplazar lo nuestro”. Es lindo que esa persona sepa callar, hablar, besar y en el colmo de la
exageración, de buena música, que su rostro irradie respeto, pero no en
exageración, que aunque tenga una cara de sicario, sea el gato con botas con
mirada de “yo no fui” en la versión de Shreck. Y si aún no es mucho pedir, que
tenga una imaginación del tipo que pueda crear un microcosmos en el que no
existan pretensiones falsas ni prejuicios y sí rezagos de ingenuidad.
Amo a la persona que comparta conmigo
lo que le pasa a diario, que me llené de sus historias extraordinarias, que podamos vivir juntos una aventura
inolvidable a lo Jurassic Park, quién sabe, lo que vivamos juntos,
luego, pueda seguir una historia para contar juntos a nuestros hijos. Alguien
que con sólo escucharme, mirarme, pueda entender lo que mi alma pide y mi
corazón exige, nunca le exigiré nada, pero si esperaré que pueda llegar a
conocerme y entender, sin que yo tenga la necesidad de exteriorizar lo que en
ese momento mi interior dice “demonios no entiendes”.
Por último, que
tenga el atrevimiento del conejo que le dijo a la Alicia de Lewis Carroll,
cuando ella preguntó:
-“¿A dónde vamos?”
-“¿Importa?”
-“No”
-“Vamos, entonces”
El encontrar es, a
veces, más divertido en buena compañía. El camino a tomar, creo, se decide
después.
¿Quieres seguir
conmigo, de la mano en éste mi camino locamente incierto y caóticamente hermoso?
No hay comentarios:
Publicar un comentario