En la
variedad está el gusto. Algunos son pequeños y consistentes, otros son tan grandes
que sólo se puede acabar entre dos. Hay redondos y delgados, claros y oscuros,
no importa cómo son, porque siempre queremos quitarle todo de encima para poder
saborearlo. Mi amiga que es tan buena
gente siempre comparte conmigo, pero hay veces que tengo que pagar para poder
tenerlo en mis manos. Me encanta acabarlo todo solita, aunque en grupo es
mejor. Sin duda siempre es rico pecar con él.
Todo
depende de la presa y los huevos que metas. No debe estar aguado, ni tampoco
duro como una piedra, debe tener un punto medio para que te lleve al éxtasis
cuando lo sientes dentro de la boca. ¡Qué rico quema!
Me
encantaba ver cuando mi abuela preparaba este potaje, era todo un
acontecimiento. Unos días antes al 24 se tenía que tener todo listo, el arroz
tenía que ser de un buen grano, la gallina de chacra, ni por equivocación tenía
que ser de pollo, las aceitunas negras y carnosas y los huevos ¡Dios santo!
tenían que alcanzar completitos en una mano. Siempre decía que el secreto estaba
en cuánto huevo se utilizaba, así que yo crecí amando el bendito huevo. Su
juane era para chuparse los dedos y a ella le encantaba lucirse y que la
elogien cuando se lo devoraban.
El 23 de
junio era el día más esperado por mi abuela, se colocaba una pañoleta en la
cabeza y comenzaba la acción. Cuando sazonaba el arroz se olía hasta la
siguiente cuadra del barrio, todo era un espectáculo. La selección de presas,
huevos y aceitunas, limpiar la hoja de bijao y armar señales con soguillas para
que todos coman su presa favorita. “Mami
yo quiero el potito con 6 aceitunas” gritaba a mi abuela haciéndole guiños
con los ojos para convencerla, siempre me complacía en todo, así que me ponía
la rabadilla más grande, con dos huevos y 6 aceitunas. “Antojosa igual que tu bisabuela que en paz descanse”, me respondía
mientras amarraba mi juane con un lazo rojo.
Las presas
de la gallina ya tenían dueño, mi abuelo amaba el pecho, mis hermanas las
piernas, mi mamá la alita y mi abuelita el concentrado de toda la menudencia ¡Una
verdadera delicia! No era raro que mi tíos y vecinos llegarán a casa con juanes
para que probáramos, ese intercambio se hacía efectivo cuando mi abuelita les
entregaba los juanes de lazo amarillo, con buena presa para que no la tilden de
tacaña y aplaudan su sazón.
Nunca
olvidaré este ritual mágico, porque me enseñó a amar algo que nos identifica,
una fiesta, una comida, una tradición, todo junto a la familia alrededor de una
mesa o en las orillas del río.
Mientras el
mundo conoce y se admira de nuestro juane y nuestras tradiciones, muchos ya no
disfrutan como antes estas fechas sanjuaneras. Las cocinas ya no se llenan con
niños y niñas observando cómo se prepara este potaje, tampoco se siente como
antes la emoción de encontrar tu presa favorita enterrada en el arroz dentro de
una hoja de bijao. Pero lo que sí perdura es una Amazonía con sed de acoger su
cultura como algo tan preciado y de recibir con amor a quienes se quedan a
cobijarse en nuestras tierras. Así somos, por eso el selvático vale oro. “Aldián tu serpiente, pica, no pica...”,
con la canción del sonido 2000 me voy a escoger mi gallina y mis huevos, porque
este año quiero doble presa y doble huevo.
Así que ya
saben, si quieren comer un rico juane en esta fiesta de la Amazonía…CUANTO MÁS
HUEVO, MEJOR…
Tú que estás
leyendo esta nota, sabes a qué me refiero…
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