En estos días dejamos la
oscuridad de nuestras alcobas, las sábanas se quedan en el piso y las luces se
encienden. Todo se ve rojo con verde, azul y moradito, nos empaña los destellos
dorados y plateados. Faltan quince días para que termine el año y pareciera que
las personas han cambiado de chip y pasaron de villanos a inofensivos. Todo se
llena de color, todo brilla, todo es alegría y se siente un nauseabundo amor.
Los días y las noches se
vuelven irritantes, no solo es el sonidito de las luces rojas y amarillas que
nos dejan con dolor de cabeza, también están las decoraciones del bonachón con
barba blanca y panza prominente que lo encontramos por todos lados. Tu mamá se vuelve psicópata cambiando cada
rincón de tu casa, las tazas, mesas, sillas y baños están minuciosamente
decorados con todos estos personajes que utiliza el comercio para decirnos que
debemos ser “buenas personas” en estos últimos días del año.
Estar felices, lucir una
radiante sonrisa y ser amables, parece que es una regla que se debe cumplir obligatoriamente.
Y así, aparecen las emociones maltratadas que afloran ante cualquier
insinuación de bondad y amor con sonidos de villancicos frustrados.
No todo lo que brilla es
oro y aunque la Navidad es una fiesta
que muchas personas asocian con momentos gratos, para otras es una de las
épocas que solo son motivo para que tu tarjeta de crédito se quede sin fondos. Pues demostrar el amor, se reduce en regalar
algo “bueno”.
Estas fechas se divide
en dos bandos: el amante de la Navidad y
el completo Grinch, que detesta tanto adorno y efusividad. Las personas asumen
dos tipos de posturas, por un lado están los que parecen ser los mismísimos
ayudantes de Santa y no esperan que llegue diciembre, desde finales de octubre
y sin dejar pasar la primera semana de noviembre, ya tienen toda su casa hecha
un verdadero Polo Norte.
Pero están al otro lado los que se sienten literalmente “empalagados” con todo este dulce navideño, detestan el tumulto, los villancicos y todo lo que representa la Navidad.
Lo que muchos no entienden
es que nadie cree su disfraz de este mes, regalar a los más necesitados, hacer
chocolatadas, intentar ser Papa Noel y llevar alegría en los últimos quince
días del año, cuando en realidad los restantes 350 días no te importo si
alguien no tenía qué comer o con qué jugar. Eras indiferente a todo, entonces
¿ómo creerte? La Navidad tiene un significado especial, más allá de encender
las luce. Es una fecha de unión, pero ante todo de reflexión.
No te volverás Madre Teresa
de Calcuta o Juan Pablo II en diciembre, así que no compitas, diviértete cuanto
puedas, disfruta de estos días como mejor te parezca y contagia tu alegría donde
vayas, no solo hoy, sino todo el año. Si en cambio estas fechas te resultan
molestas, detente y piensa en algunas cosas, por ejemplo que no eres rara, no
es obligatorio ser feliz y tampoco es fácil divertirse tanto como lo hace
la gente que sale en la televisión con panetón, chocolate y pavo.
Estas fechas pasarán como
pasa todo. Sí, llegarán otra vez, pero para eso queda todavía un año y las
cosas pueden haber cambiado mucho.
Diseña tu propia Navidad
alternativa. Una que no consista en comprar regalos, empacharse de comida,
cenar con gente que no te cae bien o escuchar villancicos toda la noche. Quizá
tu Navidad está llena de tardes en el cine, de paseos matutinos por sitios
sin adornos, libros, excursiones para aprovechar los días de fiesta…
Hazlo a tu manera, una que
te siente bien a ti. Es mejor un bocado en paz que un festín en guerra. Al fin
y al cabo, ¿qué sería de nuestro calendario sin tres o cuatro fiestas señaladas
en las que aumente la motivación para disfrutar y mostrar tu mejor rostro?
Una
bolita más y el árbol de navidad quedará mejor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario