Aparece y empiezo a
agitarme, mis gemidos son más intensos. Sé que va a poseerme, sus brazos recorrerán y tomarán mi cuerpo como
prisionera de su amor. Entre silencios quiero gritar, pero él adormece mis
sentimientos, revoluciona mis neuronas y acelera mi corazón. Los latidos van
disminuyendo y siento que moriré. Las luces se apagan, mi corazón consigue la
calma, está intacto, adolorido y moreteado, pero aun latiendo. Cuando
se prende la llama, se enciende todo.
“Esa mano que ayer
se teñía de sangre, hoy me acaricia. Me
siento feliz, no volverá a pasar, él lo prometió. Maquillaré mis heridas, nadie
debe darse cuenta, los niños juegan y las vecinas piensan que aun somos el
matrimonio perfecto. Él me dio un beso después del desayuno, eso me devolvió la
vida, anoche fue mi culpa que se enojará, debo aprender a no cometer errores y
comprenderlo”… Este es uno de los guiones memorizados por aquellas mujeres
víctimas de la violencia, aquellas que excusan ese vil comportamiento amatorio
y mientras ellas se preparan para ser protagonistas de su propia película de
terror, otras mujeres son masacradas, descuartizadas, ultrajadas y asesinadas.
Un grito en el silencio que retumba en oídos adormecidos por el egoísmo.
Violencia invisible. Ayer escuchaba la indignación de dos hombres,
quienes justificaban que la violencia es provocada y uno de ellos dijo: “Anoche mi mujer estaba bien “machita”,
estuve a punto de cachetearla, tuvo la desfachatez de empujarme porque llegué
borracho, que se habrá creído”. Observaba y decidí no emitir comentarios,
porque con personas necias y escasas de entendimiento, es imposible llegar a
una conversación saludable. Pero ésta conclusión machista de estos dos sujetos,
me transportó hacia un espacio en el que más de una está situada, la
justificación del accionar de violencia, el sentimiento de culpa que queda en
la víctima y el empoderamiento que obtiene el hombre cuando decide que la
violencia será su aliada para que su mujer le tenga respeto y sea sumisa.
La mayoría de los
asesinatos de mujeres que se producen en el mundo son cometidos por su pareja.
Las cifras siguen incrementándose. El 13 de agosto se realizó la marcha “Ni una
menos”, con el objetivo de sensibilizar a la población a no callar frente a
actos de violencia, denunciar y promover una cultura de paz en el mundo.
Alarmantemente los casos de violencia después de realizada la marcha, se han
incrementado.
“Ni con el pétalo de
una rosa”, algunos hombres utilizan las espinas de la rosa para destrozar el
corazón, el cuerpo y los sueños de muchas mujeres.
El caso de Marielena Chumbimune,
asesinada por un joven universitario por negarse a tener relaciones sexuales. Melisa Sifuentes Paredes que
fue atacada por su pareja con una escopeta, disparándole más de 30 perdigones,
porque ella no quería retomar la relación sentimental, Arlette
Contreras quien quedó decepcionada de la justicia luego que condenaron
a su ex enamorado a un año de prisión suspendida después de hacerla sufrir
múltiples maltratos y humillaciones en un hostal de Ayacucho. Estos casos son
solo una muestra de la realidad que afrontan miles de mujeres a diario. En
San Martín se vive la misma realidad, algunas heridas y muertes pasan
desapercibidas por los escritorios de las autoridades, la justicia se hace
lejana y a veces la sangre y la violencia, solo forma parte de un circo que es
manejado por el payaso que cree divertir a muchos. Hace unos
días se hizo conocido que el Subprefecto de Morales masacró a golpes a
su pareja, fue denunciado en la comisaría del sector y en el transcurso de las horas fue la misma víctima quien retiró la
denuncia.
¿Ni una menos o una
más cada día? ¿La marcha contra la violencia ha encendido la llama la violencia
o ha contribuido a que más mujeres denuncien actos de violencia?
Son más casos de
violencia registrados, hay más luces de que este problema
mata y destruye, no solo la vida de una persona sino de toda una población. No
podemos permitir que la sangre de mujeres se empolve como sus denuncias. Y
sobre todo, ya es tiempo de coger la mano del agresor y decir ¡Basta! Ni un
dedo más encima.
No es una forma de
amar, no son caricias apasionadas las que se sienten cuando te golpean. Los
besos de perdón no pueden ser más importantes que la dignidad.
Tú mujer, deja que
la balada del amor susurre a tus oídos, siente que la llama del fuego flamee
para apasionarte y que las líneas de tu cuerpo sean pinceladas con delicadeza hasta llenarte de
placer inimaginable y solo ahí ¡grita! pero de felicidad.
Que
tus caricias me maten tocando lo más profundo de mi alma…
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