Sus lamidas resultan ser el mejor
relajante y sus mordidas pueden enloquecerme al punto de gritar como una loca.
Le gusta jugar con mis piernas y mis pies son su debilidad. Travieso y
juguetón, siempre busca darme su calor.
Me mira como sólo los niños saben
mirar, con esos ojos brillantes y traviesos. Siempre está ahí junto a mí, se
lleva de maravilla con mi locura y sabe lidiar
con mi mal humor, en un dos por tres elimina los pensamientos negativos, el
estrés y me deja mojada de tanto lamerme.
Algunos
ángeles que no tienen alas, tienen cuatro patas, un cuerpo peludo, nariz negrita,
orejas de atención. Saben pedir amor y no se avergüenzan por ello.
Tener un perro, sin
duda, te cambia la vida. No hay mejor psiquiatra en la tierra que un cachorro lamiéndote la cara.
Mi
primer perro lo tuve a los 11 años, fue fugaz, huyó de mí y de mi amor cargado
de sueños de adolescente. A los 16 estuve preparada para tener un amor nuevo y
apareció él, travieso como ninguno, a los pocos meses se tuvo que ir. Y así,
sin la presencia de un perro, seguí con mi vida, y empecé a desquitarme a gusto contra los “otros perros de mi vida”,
los que caminaban sobre dos piernas y vestían pantalones. Ese reemplazo de
amor, no fue nada grato.
Han pasado muchos años y mi amor por los
perros no ha cambiado, hoy tengo un nuevo amor en mi vida y es de cuatro patas.
Mi perro cada día me enseña cosas nuevas, lidia con mi carácter y me enseña a
no enfadarme, siempre trata de sacarme un grito profundo o una carcajada por
cualquier fechoría de su autoría.
Mi perro, vive su vida como si el mañana
no existiera, disfruta de los paseos, le encanta corretear hasta quedar
exhausto, tiene ansiedades pero igual disfruta. Es por ello que estoy empezando
a tener una perra vida, perfecta y feliz ¿Por qué no?
Un perro te enseña miles de cosas. El
mío me da lo que necesito y a pesar de que a veces le doy una que otra llamada
de atención, siempre está ahí, zalamero, tratando de que el enojo se me vaya.
Sin duda lo que un animal siempre te va
a enseñar es a quererte y a aceptar el hecho de ser una persona merecedora de
amor. “Totto” me ha enseñado que puedo ser amada con gran intensidad y de forma
incondicional, pero además me ha enseñado el valor de decir “te quiero” cada
día y además de decirlo sin palabras, solo con mirar, ladrar y destruir la casa
cuando se queda a solas.
Que sigan esas
lamidas en mis piernas, pies, brazos y cualquier espacio que encuentre libre,
porque es la mejor manera de quedar mojada de amor y no saben qué bien se
siente.
Quiero
más de esas mordidas en el cuerpo, de las
que me gustan y enloquecen. Ven a mí y deja a mis zapatos en paz…
Sin duda, él me quiere como sólo un perro sabe querer, hasta el último
de sus ladridos, hasta el último movimiento alegre de su rabo pomposo.
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