Me levanté motivada, prendí la radio y mientras
sintonizaba una emisora, la letra de una canción centró mi atención “A ella le gusta que le den duro y se la coman” "Si
fueras un clavo y yo un martillo, quisiera clavarte”, me
alarmé al sentir que esa melodía entre vidrios rotos, era opacada por una voz de una inocencia perdida, mi sobrina
tarareando la música de tan solo 4 años.
Rozar, gozar, dar duro,
gritar y hasta matar, se vuelve válido cuando se trata de la mujer, en una
sociedad en la que cada vez la sangre inunda nuestras casas y destruye
ilusiones de niñas, que aún no comprenden lo que la sociedad les brinda.
“Una vez más, no por favor, estoy cansada. Una vez más, no mi amor, por favor, no grites, que los niños duermen”, canta a todo pulmón la española Bebe en su canción, donde retrata las historias femeninas de dolor y frustración ante la violencia de sus parejas. Es una súplica para erradicar ese cáncer que la mujer ha venido arrastrando como las leyendas, de generación en generación: el maltrato. Esta peste no escatima edad, ni país o cultura. No es de pobres, ni de ricos.
Por alguna razón y, desde que el mundo es mundo, ser mujer siempre ha tenido una connotación insignificante.
La violencia
contra la mujer es tan común como lavarse los dientes. ¿Cómo podemos decir que
vivimos en un mundo moderno, si este tipo de atropellos en contra de las
que dan vida a todos los seres humanos
aún sigue latente?
Para mi mala suerte, he sido testigo de caras desfiguradas, moretones, narices rotas y familias destruidas. Cada uno de esas contusiones, plasmadas como una pieza de arte sin escrúpulos en la piel femenina, esos rostros esconden una historia de dolor y disimulan los secretos oscuros de la personalidad humana, del que castiga y del que se deja castigar.
Para mi mala suerte, he sido testigo de caras desfiguradas, moretones, narices rotas y familias destruidas. Cada uno de esas contusiones, plasmadas como una pieza de arte sin escrúpulos en la piel femenina, esos rostros esconden una historia de dolor y disimulan los secretos oscuros de la personalidad humana, del que castiga y del que se deja castigar.
La mujer
golpeada no es otra cosa sino el patetismo masculino. La cobardía del que no
puede expresar su malestar sin ser iracundo. Y ahí están, las mujeres con ese
insólito sentimiento de protección, excusando para defender a sus castigadores.
“Lo amo, es el padre de mis hijos”. O la
peor, “Me lo merecía, yo le hice enojar”, son frases que me sacan de quicio.
De hecho, en muchos de los casos, la mujer se siente enamorada de su golpeador
y decide otorgarle incontables oportunidades para que cambie, sin saber que en
esos minutos de bondad, no hace otra cosa sino escribir su propia sentencia.
Las
respuestas se quedan en paréntesis, en silencio, dejando que las maten
emocionalmente: “DEJA DE COQUETEAR,
ESTÁS EN BUSCA DE OTRO HOMBRE” (¿Desde cuándo no puedo saludar a mis
amigos?), ¿QUÉ ES ESO? ESTÁS COMO UN
CERDO” (se llama grasa ¿y? ¿Te has mirado tú primero a un espejo
antes de rebajarme de esa manera?), “ERES
UNA BRUTA” (Si eres tan inteligente, ¿qué haces tú con una
bruta?), “NO ME TOQUES” (¿Desde
cuándo te convertiste en una especie de Buda?, “YO SIEMPRE TENGO LA RAZÓN” (ah ¿sí? ¿Quién te mal informó al
respecto?), “TÚ TIENES LA CULPA DE
TODO” (La única culpa que tengo es la de estar acá parada dejándome
humillar), “TE ENCANTA SUFRIR ¿NO?” (¡Por
supuesto que no!), “ERES UNA
NINFÓMANA” (No, soy una mujer con un deseo sexual normal), “SI NO QUIERES SEXO, ERES UNA FRÍGIDA” (Sí
quiero, pero no contigo), “HOY NO
QUIERO VERTE” (¿Me has preguntado, si yo quiero verte o es que para
ti soy tan nula que mis deseos no existen?), “TÚ NUNCA ME VAS A DEJAR” (¿Cómo sabes que un día no voy
a abrir los ojos?), “NADIE MÁS TE
VA A QUERER” (eso es lo que tú crees), “SIEMPRE ME PONES DE MAL HUMOR” (¿Desde cuándo tus
emociones son mi responsabilidad? Me basta y sobra con las mías), “PARECES UNA LOCA” (Seguro, por
seguir contigo), “ME MALOGRASTE EL
DÍA” (Y mi día ¿no cuenta?, mejor dicho, y mi vida ¿no cuenta?)…PERO
ESO SÍ, MI AMOR, TE QUIERO… Ah ¿sí? No pues, no me quieres un
carajo. ¿Sabes por qué?, porque NO ME RESPETAS.
Y así, ellas siguen al lado del agresor, simplemente
por no querer estar solas, por estar enamoradas, por miedo al qué dirán, por
mantener falsas apariencias, por no
querer que su familia o amigos las odien, porque da vergüenza admitirlo, porque
lo querramos o no, vivimos en una sociedad a la que le gusta esconder la basura
debajo de la alfombra.
Así es que, mujeres de
mundo, decidamos una vez por todas, que nadie (ningún huevón) nos trate mal y
nos falte el respeto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario