Son tímidas,
frágiles como las muñecas de porcelana, calladas y débiles. Despiertan en ellos
los sentimientos más sinceros de protección. Estas mujeres arman su personaje para conseguir lo que
desean.
En apariencia son
mujeres buenas, generosas, dulces, inocentes, vulnerables, sensibles, capaces
de hacer todo por ti y por el mundo. Son casi unas santas, y de modo irónico,
incapaces de matar a una mosca. Claro, antes de convertirse en la mujer que te
envuelve literalmente con sus telas de araña. Reconozco que son más vivas que
inteligentes. Por algo se les dice moscas. Siempre alertas, en la marca de
salida, preparadas para ser las primeras en la carrera de los 100 metros
planos. ¿Qué quieren ganar? No sé, pero quieren ser las únicas. Pueden quitarte
el novio, la atención del novio, la chamba, los amigos, las amigas, lo que sea.
La envidia es su miel; la inseguridad, su motor.
El mito de la
mosquita muerta se basa en algo real: esa indefensa criatura, de pronto,
despliega sus alas de murciélago, abre la boca inesperadamente sexy y le brotan
colmillos de vampira, vuela como un buitre sobre sus víctimas moribundas y
entonces, se convierte en lo que verdaderamente es: una potente depredadora
sexual.
No son calentadoras
con los hombres que quieren, porque donde ponen el ojo ponen la bala, a esos
los consiguen con una de sus tantas y amoldables tácticas. Por ejemplo, a los hombres con los que nunca tendrán nada,
pero con los que salen de vez en cuando “como amigos”, le coquetean de manera
sutil, sin excesos y sin lugar a reclamo, como con tu novio por ejemplo. Y es
increíble, no se qué diablos hacen, pero los hombres caen redonditos en sus
retorcidas alas de manipulación. Y ¡ay! de quien tenga la osadía de hablar mal
de ellas. Pero si ella es un “ángel”, dirán todos, idiotizados.
Entre las mosquitas
muertas hay dos estilos bien diferentes. Por un lado están aquellas que se
muestran tímidas, inocentes e introvertidas. Mujeres que los demás consideran
vírgenes eternas, vestidas con colores pasteles, y con un estilo poco
llamativo. Hablan poco y todo parece darles vergüenza. Son las que tienen como
estrategia principal, producir pena.
La otra clase de
mosquita muerta, son las que juegan el papel de interesantes, desde el punto de
vista que tienen un mundo privado muy amplio, y como que no se dan cuenta
de cómo funcionan las cosas. Todo lo hacen desde su inocencia, y entonces, los
hombres se sienten culpables si ellas los tocan o se les sientan en las piernas,
porque creen estar pensando mal, ya que ellas “no lo hacen con mala intención”.
Muchas usan el personaje de la artista despistada, o de la infantil eterna.
Usan como estrategia principal, la inocencia.
Unas y otras parecen
ser muy distintas, pero tienen algo absolutamente idéntico: son conscientes de
lo que hacen y buscan controlar a los demás. A las mujeres, despistándolas
porque no parecen competencia. A los hombres, provocándoles atención desde un
lugar tierno y acogedor.
Pero me pregunto
¿qué hay detrás de todo esto? ¿No somos acaso las mujeres aquellas que nos
apoyamos, nos queremos y nos solidarizamos con nosotras mismas? Resulta que en
muchos casos, no. Somos nuestras propias enemigas. El adversario deja de ser el
sexo opuesto, para ser el propio; y nos da vergüenza admitir, que podemos
llegar a ser tan bajas, y muchas veces, realmente perversas. Odiamos asumir el
riesgo de ser estereotipadas como las malas de la película, cuando ambos,
hombres y mujeres, lo pueden llegar a ser. No pienso que sea una cuestión de
género, sino de singularidad.
Y estoy segura de
que a muchos hombres les ha sorprendido haberse encontrado una loba con piel de
cordero; del mismo modo del que yo me sorprendí, y me dolió, darme un trancazo
con la realidad al descubrir que aquella que era mi amiga, era sólo una
mosquita muerta.
El silencio es su
mejor amigo. Ser caleta es su DNI. Por todos lados hay alguna. Así que, fíjense
bien. Desde ahora, yo apuesto por el baygón, un matamoscas o un “anda vete”.
Las moscas muertas que se queden enterradas en el pasado. Hay cosas que
disfrutar en la vida.
Como buena
romántica, en el sentido extenso de la palabra, sigo creyendo en la amistad,
pero sin moscas vivas rondando mi café de la mañana, ni moscas muertas rondando
mi vida, ni mi marido...
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