“Ser bruta y no morir
en el intento”. Hace años leí una entrevista a un productor: le preguntaban si
prefería una chica regia y tonta o una fea inteligente. El tipo dijo que lo
primero y se abrió en mi cabeza una caja de preguntas, dudas e inseguridades
que guardaba ahí desde hace no sé cuánto tiempo.
Antes no se contaba a la inteligencia como un
atributo de mucho valor para ser socialmente aceptada. Desde el colegio, sin
ser muy consciente de ello, muchas chicas imitan a las que creen bonitas. Se
compran la misma ropa, repiten peinados y por más que se maquillen de lila y
celeste, jamás pueden ser ellas ante el espejo. Esos disfraces nunca quedan
bien y las sumergen en burbujas de ficción.
Muchas mujeres no se
siente suficiente (bonitas o inteligentes) para ellos, los hombres. ¿Cuál es el
objetivo? ¿Ser aceptadas por ellos, ser aceptadas en la sociedad, ser amadas,
casarse o tener hijos?
En algún momento de mi
vida fui invisible en una ciudad inmensa que me gustó desde el inicio, nunca
pude dejar de estar acompañada al mismo tiempo de otra persona: yo. Y no digo
que fue fácil mirarme en otro espejo y decirme: “Hola, hace tiempo que no te
veía”, pero lo hice. Dejé de buscar otra identidad, ya tenía la mía. Me gustase
o no. Empecé a amarme y el resto quedó atrás.
Las mujeres floreros ya
no existen, las maniquís para exponer en reuniones sociales como esposa, ya se
extinguieron. Ahora existen cosas mucho más valiosas, por ejemplo, ser profesional,
tener cerebro, pensar, trabajar, ser mujer. Hoy, las sociedades actuales han
demostrado que el cliché de ser regia y tonta, no es más que estereotipos que
buscan los mismos regios y tontos, pues así cada oveja con su pareja hacen su
propio mundo, ese mundo en donde “la inteligencia”, no está en el menú.
A veces la regia y tonta resulta ser el centro de atención de
muchos. He conocido muchas parejas con su eterna “primavera”, la cual siempre
llega a su final. Es escalofriante cuan relativo puede ser el tiempo que dura
esta primera etapa, por lo general, idealizada, admirada, apasionada e
histórica. Cuando la envoltura del caramelo cae, después de endulzarnos, se
desgasta y encontramos su verdadero sabor. Ni dulce, ni amargo. Es tan solo
cómo sabe la realidad.
Rechazo todo tipo de maltrato físico y psicológico. Hace poco, una adolescente de 14 años, era maltratada y
humillada por su enamorado, quien repetitivamente le decía: “eres fea y nadie te
hará caso, el único tonto soy yo”. El tonto sin duda era él. Adormecido por una
sociedad en que ser mujer bella significa pesar 40 kilos y no comer, ser rubia
y con senos y cuerpo exuberante. Hombres que no entienden que eso no es
felicidad. Mujeres que desean seguir siendo brutas, sólo para hacer feliz a un
manganzón de quinta.
Cuando vivimos de superficialismo, de caras y cuerpos bonitos, las
realidades son aún más crudas. Bien dicen, la suerte de la fea, la bonita la
desea. Sin duda eso no es algo lejano, porque aun vivimos en una sociedad en
donde la envoltura es más importante que el regalo.
Los caramelos se desgastan, se quedan sin sabor, el mismo color, la
misma forma. No encuentras nada más. Los helados son de diversos colores,
divertidos y se acaba conforme dejes que se derrita. ¡Rápido, que se acaba!
Y llegué a una
conclusión: soy como esas paletas de helado de varios sabores. Es imposible
dividirlos, sin que un sabor se quede pegado al otro. Así me veo ahora, y así
trato de ver a los demás. Belleza (no sólo la exterior), inteligencia,
sensibilidad, demás virtudes y defectos, todos fundidos y confundidos en una
persona que jamás será perfecta.
Quiero un helado de más
de un sabor que me deje descubrir de qué está hecho y que quiera descubrirme
también a mí. Creo que eso, además de interesante, puede ser divertido.
¿Un caramelo o un helado?
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