“Ésta
no se me escapa: no se me escapa, aunque se opongan a mi triunfo todas las
potencias infernales”, se repetía internamente mientras la observaba. Se
excitaba conforme sentía su aroma y así su galanteo empezaba a salir a
flote. Sin apartar de ella los ojos, él
no pensaba en los peligros que aquella aventura ofrecía.
“El zorro pierde el
pelo, pero no las mañas”. Tiene su estilo, camina por el mundo con el dulce
exacto para dejar esa miel en las flores. No es vulgar, él es casual. Entiende los términos del
contrato, la sonrisa, la nariz y los besos en cruz, son su especialidad. No es
necesario explicar algo, pues la escuela de la vida le ha enseñado a ser el
maestro y no el aprendiz.
¿Quién es?, ¿por qué
éste sujeto puede ser tan directo y a la
vez tan misterioso?, ¿por qué su cortejo es el discurso repetitivo de más de
uno? ¿Él es un capo?... ¡NO!, él, cree ser un capo.
Uno
de los pasatiempos preferidos por esta clase de hombrecillo, es dar nalgadas a
las quinceañeras del barrio, escapar de los señalamientos y de los vecinos
enfurecidos con una gran sonrisa y casi siempre haciendo un par de pasos de salsa
romántica. Es relativamente fácil distinguirlo, su aroma se percibe a
kilómetros y su coqueta sonrisa es el radar para detectar a su próxima víctima.
Tiene el trazo de un pintor mediocre, está fijado en su rostro para ser lucido
con orgullo.
Hay
víctimas de su desfachatez, cinismo y astucia para hacer trampa. La vida es el color
y su cuerpo es el lienzo para poder dibujar y pintar sin límites de imaginación.
No fue
culpa de Natalie, tampoco de Luz, mucho menos de la gitana del barrio. Las
cartas del amor las tiene sobre la mesa
como un bufet de comida, como si ella fuese ese trofeo que es necesario ganar
para ser feliz. Mientras su irremediable fetichismo va tomando fuerzas, él se
pregunta ¿Cómo hago para hacerla mía?
¡Cuánto
me acuerdo de él! Medía lo necesario para ser catalogado como diminutivo,
de grandes y expresivos ojos, de
majestuoso y agraciado andar, de celestial y picaresca sonrisa. Su rostro daba una expresión de desdeñosa cautives, capaz de
esclavizar a medio mundo. Su respiración era ardiente y fatigada, marcando con
acompasadas depresiones y expansiones voluptuosas el movimiento de la máquina
sentimental, que andaba con una fuerza de caballos de buena raza. Su mirada no
era definible; de sus ojos, medios cerrados por el sopor normal que la
irradiación calurosa de su propia tez le producía, salían furtivos rayos,
destellos perdidos que quemaban mi alma. Pero mi alma quería quemarse, y no
cesaba de revolotear como imprudente mariposa en torno a aquella luz.
Entonces
el eterno don Juan más célebre del mundo, es el terror de la humanidad casada y
soltera. Sus triunfos es una cosa de no acabar. Todos quieren imitarlo,
chuchines y pulpines se unen a las filas para la conquista de las faldas de la
ciudad. Las aventuras ascienden en
números. En su vida existen una y varias derrotas, pero la guerra siempre sigue
en pie. El don Juan por excelencia, l hombre ante cuyo estilo, donaire, desenfado
y osadía, las más meticulosas divinidades de la tierra se rinden ante su
cortejo, no es más que un simple mortal que vuelve a casa cuando quiere comida.
Las
mujeres han evolucionado, ya no son las simples cabronas que esperan sentirse
atendidas como ladies. Ellas buscan su felicidad, su víctima, su amor o su
simple aventura. El eterno Don Juan ya tiene revanchas, la presa ya no cae con
facilidad. Látigos con sabor a labial rojo, sonrisas embriagadoras y miradas
matadoras. Para tener estilo seductor no se necesita de manuales, ni de
artilugios de conquista. Hoy, cada oveja encuentra su pareja. Y la seducción no
es sólo cosa de ellos, nosotras lo sabemos hacer mejor.
Ellos
“ya no pueden atraparte en su jaula”. El instinto y la emoción de la conquista están
impregnados en nuestros genes. Y bien, Dios y el diablo están de acuerdo en
hacer lo que la mujer quiere.
El amor a lo Don Juan no es más que una
afición a la caza.
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