“Los ojos son el espejo del alma”...
¿Y cómo no serlo?, ¡benditos!.... Cuando nací, todos se alegraron que saliera
con los ojazos despiertos, negros, impregnantes, alborotados y coquetos, “la
morena que hablaba con sus ojos”, desde ese momento mi madre supo que eso sería
mi dulce condena, “ay nerita” sentenciaba.
Siempre he sido fulminante, mi mirada desnudada,
amaba, excitaba, intimidaba, mataba… Siempre he considerado que si quieres algo, no hables; mira y juega con ese poderío, es
esa carta bajo la manga que la utilizas en el lugar y momento exacto, la que
puede tener diferentes mensajes, pero que siempre tendrá esa esencia de veneno, que mata, pero que
encanta. Hasta para morir, el cuerpo se excita, se prepara, se entrega.
Cada vez ganan más
importancia los gestos, las caricias, la sonrisa, incluso el arquear una ceja. Sí, somos paranoicas
compulsivas, pero es que el cuerpo añade significado a nuestras palabras. Y, en
este sentido, los ojos cuentan con mucha ventaja.
En ocasiones seducen, edulcoran y te ponen tierna. Es en este momento que se me
viene a la mente el gato con botas de Shrek, y aparece esa fuerza
sobrehumana que hace que no quieras mirar, pero no puedes evitarlo, te derrites
y caes.
Caes rendida, como
ese chocolate derretido que nos endulza en noches donde la lluvia nos cobija el
alma y el corazón despierto en inocencia de los besos nunca entregados, aparece
él, sí, aún juegas a la cuerda del tira y afloja, pero aunque digas que no, tu
mirada, esa cruel delatadora, termina por sentenciarte y condenarte, dejas de
ser tú y pasas a decir, pasa, acá hay un espacio para ti, cierra la puerta,
cobíjate conmigo.
¡Sorpresa! Dejan
abierto el misterio…Una mirada furtiva o de reojo, con la cabeza ligeramente
agachada y torcida. Puede ser la mirada que deja abierto
el misterio, ese callejón sin salida, del que no huirás corriendo y gritando,
sino del que esperarás con ansias ver la luz al final del túnel, ese túnel que
te perturbaba, pero que ahora te emociona conocerlo, quedarte, disfrutar de su
oscuridad y de su luz, buscando esa respuesta a la que te condenó tu mirada,
aquella que no entiende de razones.
Te delatan, claro, dicen mucho de ti, desde que la niña afgana fuera
fotografiada con doce años, hasta que el autor la volvió a encontrar, con
treinta, había algo que no había cambiado, entre otras muchas cosas
(desgraciadamente): eran sus ojos. Llevan tu DNI incrustado en las pupilas. Si volvemos a nuestro juego de palabras, lo primero que te aconsejamos es
que, si no quieres que la otra persona interprete tus palabras, pues… unas
gafas de sol no estarían mal. Es lo único que te salvará.
Si me pusiera a contar, cuántas veces mis
miradas jugaron el papel delatador, en donde sonrojarme no funcionaba, me
delataban tanto, que sin darme cuenta, dije ¡sí quiero!, ¡te deseo! ¡yo sí fui!
¡me encantas! ¡te amo! ¡estoy triste! ¡estoy celosa!.... Todas las frases
tienen una carga emocional, sobre todo en los celos, Dios, con una mirada pude
haber generado un genocidio en el lugar donde las tripas se me encendían.
Mi mirada de tiburón, fue la que más sobresalía, aquella sexy, coqueta, impregnante y dulce a la vez, siempre fue mi aliada, para no decir, sino para actuar. Sin duda hay miradas que matan y ponen una carga emocional a nuestras palabras que no podría levantar ni el mismísimo Hulk.
Algunas veces, una mirada puede penetrarnos hasta el fondo del alma, y otras suele fulminarnos en segundos. No hay una parte del cuerpo que tenga mayor carga emocional que los ojos.
Descubre su poder, es magnífico, el contacto visual excita. Mirar fijamente a los ojos de otra persona genera una reacción de excitación, aunque la interpretación de la misma varía según el contexto.
Cuando algo nos interesa, nuestras pupilas se dilatan. Pero, además, esa dilatación nos hace parecer más sexys.
Pero, ¡ojo!,
pie al engaño. Detener
la mirada en algo suele ser signo de interés, amor, cariño o derivados. Así se
ha dicho que un mentiroso no suele mirar a los ojos, y que ésta es una característica
fundamental de su lenguaje
no verbal.
No cabe duda de que los ojos son
el espejo del alma. Ya lo decía Miguel de Unamuno, “Hay ojos que miran, hay
ojos que sueñan”.
“Si
las miradas bastaran para matar, ya habríamos muerto hace tiempo”
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