Estaba ligeramente nerviosa,
llegué media hora tarde, así que estaba ahí, sola en un salón totalmente
vacío, tenía muchas expectativas de las personas que llegarían en unos minutos,
suponía que todos serían de 18 a 25 años máximo, sin mucho temor, preparé mi
material para esperarlos listos.
A las 8.00 pm de un viernes del
2013 empezó a llenarse el aula, uno a uno conforme ingresaban y me saludaban amablemente, esto ocasionaba explosión instantánea en mí, no eran jóvenes inexpertos, no
tenían ni 18 ni 25 años, shock emocional se instauró en mi, aceleró
precipitadamente los latidos de mi corazón, congeló mi cuerpo y neutralizó mi
cerebro, sin embargo yo estaba allí frente a la clase, frente a 12 alumnos, que
en su mayoría los conocía, sabía quiénes eran, tenían mucha experiencia
periodística y eso me traumaba.
Tras el colapso emocional que
sufrí en menos de 10 minutos y con las inmensas ganas de decir “ya regreso
chicos”, correr y desaparecer, inhalé y exhalé, no sé si los nervios fueron
notorios en mi rostro, pero lo que todos compartían con sorpresa es que la
maestra en clase era una jovencita que a pesar de tener 24 años, aparentaba
menos edad, aunque vistiera sastre y maquillaba su edad para pretender oler a
experiencia indiscutible, ahí estaban ellos mostrándome rostros de sorpresa,
algunos encandilados, otros con preguntas, pero todos con el interés de saber
quién era esa jovencita morena con el lunar en la cara que amenazaba con estar
dirigiendo las clases todos los fines de semana.
Mis estimados alumnos en ese
momento, eran personas, bueno, son personas, porque todas están vivitas y
coleando, de basta experiencia laboral, personas de 30 a 50 años aproximadamente, que sabían mucho y no
sabían a la vez, que tenían un mundo de experiencias aprendidas que
revoloteaban en sus cabezas, pero que al mismo tiempo ignoraban muchas cosas de
las comunicaciones, cosas que estaría dispuesta a compartirlas y sumergirlos en
el mundo tan maravilloso que sólo conoce quien estudia Ciencias de la Comunicación.
El cansancio en sus rostros cada
viernes por las noches que se extendían hasta los domingos por las mañanas, era
un suplicio, porque ese cansancio lo compartíamos ambos, en el fondo de mi
corazón de maestra que iba creciendo en mi lograba entenderlos, así que intenté
querer ser diferente a lo que ellos
tenían como maestros, intentaba ser la maestra que en la universidad
interactuaba y buscaba diferentes maneras no tradicionales para que el
aprendizaje no sea aburrido, y así fue que las noches se tornaron agradables,
estudiaban, aprendían y se relajaban, esto es un paso importante en la vida de
una persona que está frente a clase transmitiendo aprendizaje.
Mis comunicadores, como así los
llamo, me enseñaron muchísimo, parte de ese aprendizaje es el conocer de su
mundo periodístico, conocí sus caracteres, su forma de ser, aprendí a entender
que cuando la clase se tornaba un mercado o un callejón del callao por los
gritos, era porque era hora de cambiar algo. Con ellos nunca había unanimidad
en las decisiones, 1 o 2 tercos siempre complicaban la situación y eso lo
tornaba aún más hermoso todo, cada día, cada clase era un capítulo más de la
telenovela que se vivía en la universidad.
Pasaron los meses y meses, ya no
sólo éramos alumnos y docente, ahora
éramos, alumnos, docente y amiga, la consideración, estima, cariño y aprecio, era
lo que me daba el impulso de dejar huella, de lograr algo más en ellos,
iniciativa y ganas por ejemplo. Poco a poco fueron entendiendo que algunas
cosas que hacía lo hacía por ellos y por ver que mis comunicadores siempre estén
en acción.
Así la maestra sin experiencia
paso casi 1 año y medio viviendo esta gran aventura, que fue interrumpida para
que la magia no se perdiera, es como cuando se decide tener una relación
prohibida, cuando ésta deja de ser prohibida la emoción se pierde. Así fue
Karina Roncal y Comunicadores en Acción ya no comparten aulas de clase, pero
ahora comparten algo más hermoso “la vida misma”, el día a día, amistades,
amores, consejos, deseos, trabajo, apoyo y sueños.
Aquí estoy, esa maestra sin
experiencia, recogió mucha más experiencia que nunca en su vida pensó recibir, desde
aquel viernes por la noche, momento en el cual decidió aventurarse y subirse a la montaña rusa para gritar,
vivir y experimentar, desde esa noche todo se volvió un reto, un desafío para
decir “yo sí puedo”, después de tanto tiempo y haciendo flas back de todo esto,
pues en definitiva, SÍ PUDE, eso y más.
Mi corta edad nunca fue un limitante para demostrar que puedo hacer las cosas,
nadie nace con experiencia, la experiencia la vamos aprendiendo, asumiendo y
retocando con el tiempo y con la vida misma.
Ahora puedo decir que ser maestra
fue una puerta que se abrió para conocer el cielo mismo, la felicidad completa,
la cual me enseño a ser la mujer que hoy por hoy soy, decidida, arriesgada,
emprendedora, luchadora, valiente, con muchos miedos aún, pero miedos que me
dan el impulso para nunca decir que no, pues sólo tu corazón sabe hasta dónde
se puede llegar y te guiará para poder hacerlo.
“Hay dos tipos de educación, la que te
enseña a ganarte la vida y la que te enseña a vivir” ENSEÑAR ES APRENDER
DOS VECES
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