En todo
cuento los finales felices no son tan comunes, debí saberlo cuando mataron a la
mamá de Bambi, al papá de Simba, cuando la golondrina murió congelada y al
príncipe lo mandaron descascarado al basurero de la ciudad o cuando Anna
Karenina se tiró a las vías del tren.
Y ahí estaba yo, inevitablemente volví a tropezar con la
misma piedra, el mismo cuerpo, las mismas manos y con los mismos besos, fríos,
caprichosos, penetrantes, irónicamente esos que me enviciaban cada vez que
renacía entre sus sombras, sus silencios. Y en
el tropezón, volé por el cielo, me arrastré por la tierra, me revolqué de
dolor, me llené de placer culpable.
En todo cuento los finales felices no son tan comunes, debí saberlo cuando mataron a la mamá de Bambi, al papá de Simba, cuando la golondrina murió congelada y al príncipe lo mandaron descascarado al basurero de la ciudad o cuando Anna Karenina se tiró a las vías del tren.
Y ahí estaba yo, inevitablemente volví a tropezar con la misma piedra, el mismo cuerpo, las mismas manos y con los mismos besos, fríos, caprichosos, penetrantes, irónicamente esos que me enviciaban cada vez que renacía entre sus sombras, sus silencios. Y en el tropezón, volé por el cielo, me arrastré por la tierra, me revolqué de dolor, me llené de placer culpable.
Hace
menos de un mes, mi chico silencioso, apareció, al principio ruidosamente, pero
ya cuando nos vimos, el silencioso regreso, curiosamente estar con él es como estar
con mi compatible perfecto, somos cortados por la misma tijera, la locura, la
pasión, las cosas que nos gusta hacer y hasta conversar nunca cansa, pero fue
en este instante que después de muchos años nos vimos, que comencé a recordar
cómo actuaba mi actor favorito, él, mi chico silencioso.
Nos
conocemos hace mucho, sí, hablo de un promedio de 7 a 8 años, desde que nos
conocimos supimos que él era un yo en masculino y yo era un él en femenino,
explosivamente compatibles y perfectos, el haber nacido el mismo 23 de
setiembre nos hacía aún más compatibles; recuerdo una noche, la más especial en
la que compartimos un cigarrillo, mirando la eterna luna llena y un hermoso
cielo despejado, ese que era raro ver en
el cielo gris trujillano y del único snicker que me regalo, esos fueron sus
escasos 5 segundos de romanticismo.
Dejo de
ser mi chico silencioso, a mi chico invisible, porque después de un par de
años, desapareció de la faz de la tierra y un par de años más tarde ya con una
hija encima, pero solo, volvió a renacer de las cenizas. Admito que siempre recaí
con él y de haber sido enamorados pasamos a ser amigos con beneficios y de ese
título ya no podía retroceder a ser enamorados, por más que intente no pude,
sudor, lágrimas y dolor me costaron el intentar que todo sea como al principio.
Pero ahí estaba él, el mismo de siempre, con el que nunca podía enojarme y si es que lo hacía, utilizaba el tiempo prudente que sabía que me duraba el enojo y luego regresaba a mí, mismo perro de familia que se vuelve callejero y solo regresa a casa por algo de comida. Juro que siempre quise cortar ese círculo vicioso, pero él jalaba la cuerda y la soltaba, sabía dónde poner el dedo y donde soltarlo quizás para no perjudicarse, no lastimarme o simplemente porque el ser comodín le resultaba bastante beneficioso.
Siempre
me pregunto si es que lo amé o si lo amo, aún no consigo descifrarlo, de repente
porque sé que está leyendo esta publicación y si es que afirmo algo sentimental
sobre él, su ego se elevará más que los pocos pectorales que se maneja, lo
cierto es que el tiempo, la distancia y hasta el rencor no ha logrado que
llegué a odiarlo o a serle indiferente, pues éste, mi talón de Aquiles es tan impredecible
que sería tiempo mal invertido el de amargarme la vida por sus actitudes.
Hay
algo totalmente cierto, varias mujeres que tienen en su vida y en su cama a un
tipo como él, el chico silencioso, invisible, el talón de Aquiles, no saben cómo
definir lo que sienten y no saben si es una especie humana o es algo así como
una evolución con otros seres sin sentimientos, pero que cuando regresa con la
sonrisa de que “sí fui yo, pero no me regañes”, esas ganas de castrarlo, se
esfuman, porque sientes que esa estupidez que manifiesta no es normal y él no
es normal.
Nadie
sabe si este chico silencioso, invisible, que lo denominas como tu talón de
Aquiles sea totalmente feliz, es más, es el típico mujeriego que alardea tener
más de 2 en su lista de acecho de amor contra él, (quizás sí haya más de un par)
chicas también ingenuas que no desarrollan inteligencia ni suspicacia, pero de
algo estoy segura, de que si los talones
de Aquiles no cambian su actitud no solo se quedarán solos, sino que serán eternamente
infelices.
Recuerden
que la época de abundancia no dura 100 años y que cuando llega la época de
sequía, ésta se prolonga por más tiempo y llega hasta matar…y guerra avisada no
mata gente.
Mi
amor, así que revendiste las entradas a la dueña del circo, ésta no se quedó en
la quiebra sino aprovecho esa reventa para utilizar una mejor estrategia de
venta y ahora sé muchísimo más de la vida, muchísimo más de ustedes.
Así que
a mi talón de Aquiles, sí, a ese mi adorado chico silencioso e invisible, “mi
suspicacia te la debo a ti”, no volví, ni volveré a ser la misma, porque he
desarrollado eso que quizás hace que aleje a los hombres como una barrera anti
amor, pero que me protege de posibles caídas, recaídas y advierte a mi corazón
de posibles explosiones….
Piensa mal y acertarás, una y mil
veces más….
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