Salta
de cama en cama como coneja. No tiene culpa de nada, no se azota con el látigo por
haberse acostado con alguien que no ama. No es una damisela en peligro, ni
monja reprimida, que anda por la vida auto flagelándose y mezclando whisky con
agua bendita. No pide matrimonio solo por tener sexo. Sexo es sexo y matrimonio
es matrimonio. Casi siempre, una mala idea.
Con
ella no va la onda del domingo 7, no aparece al mes siguiente diciendo: “Ay, me
atrasé, ups, se me olvidó la pastillita y ahora nos tenemos que casar.” Es calculadora, sabe a quién engatusar y a quién
enamorar. El baile, el alcohol y el desenfreno, es lo suyo. Vive el hoy, sabiendo
que mañana seguirá pasando lo mismo, seguirá siendo utilizada por todos, por
fama, dinero o simples banalidades.
Y
ahí está él, que se muere por ella. Le invita un traguito, toman a la par, y después
se acuestan sin problemas. Hoy le toca a él, la fila continúa mañana.
Pueden
escudarse en que son divertidas, que no son mojigatas, que tampoco son
solapadas y que les encanta tener cientos de amigos. Es una línea delgada, casi
imperceptible la que separa el ser chévere, súper, bacán, y ser etiquetada como
chica fácil.
Ser mujer y ser de la
selva, es un adicional que a muchos puede retorcer en esos cerebros llenos de
morbo y contaminados de propaganda de bajo presupuesto. Por muchos años, he
lidiado para que este pensamiento se aleje lo más posible de mi círculo de
vida. No soy fácil, pero sí, mujer alegre.
Las mujeres alegres y
contentas con la vida, podemos hablarles a los hombres sin ponernos nerviosas y
somos directas a la hora de expresar lo que queremos, desde un café hasta
instrucciones en la cama. Somos directas, porque pensamos que la vida es
demasiado corta para andar con sutilezas. Nos importa
usar escotes y faldas cortas. Nos vestimos para nosotras mismas, aunque eso
puede no gustarle a todo mundo o haga pensar a los hombres, que el escote es
una invitación a algo más íntimo, cuando puede ser sólo una expresión del
cuerpo. Mientras unas rematan su cuerpo, nosotras la volvemos un espejo, ese
altar, que no tiene reparo en ser observado.
Las mujeres alegres, hablan de sexo como hablan de cocina, sin
pena ni tabúes. Le llaman a las cosas por su nombre y no se ponen rojas al
hacerlo, porque el cuerpo humano es una máquina maravillosa en cada uno de sus
rincones. Hablan de cómo les gusta el sexo, y eso no es una invitación a la
cama. Cuentan una aventura sexual, sin que eso signifique que la hayan repetido
200 veces, con hombres diferentes.
Pero como esto puede confundirse, las mujeres alegres suelen ser acosadas por hombres que sólo quieren sexo, por la propaganda emitida por las mujeres fáciles, de la vida sin complicaciones, llena de luces, descontrol y un poco más de sexo, ¿con quién?, no importa.
Soy mujer alegre, porque tomo la decisión que me parece mejor en el momento en que tengo que tomarla. Digo las cosas que pienso, porque sé lo que quiero y no tengo ganas de perder el tiempo.
Disfruto el sexo como cualquier hombre y como todas las mujeres deberían, sin ataduras y sin tabúes.
La dignidad de la mujer se ha ido deslizando por los peldaños de
la escalera, como si no valiera nada. Niñas semi desnudas prostituyendo su alma
ante la vista y paciencia de todos, quienes morbosos utilizan los medios
tecnológicos para difundir “la carne” de la noche.
A las mujeres de la selva nos han etiquetado de “fáciles” por
tener el sentimiento de alegría corriendo por las venas, como si eso, fuese un
pecado. Nos catalogan como ardientes y promiscuas, porque el turismo trae
consigo visitantes y con ellos, el deseo de conocer los mitos que se hilan, de
hacer el sexo con más facilidad, como si en la selva diéramos un pase libre
para ir directo a la cama.
¿Mujer fácil o mujer
alegre?... yo seguiré gozando de risas, tanto en la cama, como en la vida,
simplemente porque soy mujer…
No hay comentarios:
Publicar un comentario