Siempre he tenido
miedo de mojarme. Sentía que era muy
agresivo y que hacerlo, sería una falta de respeto a mi cuerpo, y de no
hacerlo, mi curiosidad se caería por cada uno de los peldaños de las escaleras.
Nunca fui cucufata,
pero acepto haber sentido recelo de experimentar una y mil veces las
experiencias que sin duda te dejan extasiada. ¡No me mojes por favor!,
escuchaba a lo lejos, como una exclamación de súplica de ese mundo casi
prohibido, solo de pocos y de grandes amores, que suelen mojarte hasta el alma.
Desde niña siempre me
escondía para hacerlo. Mis primos eran mi mejor escudo para que los globos
llenos de agua no reventarán sobre mí. Eso sí, a mí me encantaba mojar, pero
huía ante la más mínima presencia de agua. Ese juego de tira y afloja, siempre
fue predominante. Con el tiempo, todo eso se fue esfumando. Ya no existían
globos, ni agua, ni pintura. Simplemente ya no me mojaba.
Después de muchos
años, retomé la práctica, confieso que no fue fácil, dejar que el agua se
vuelva parte de mi cuerpo, era un pudor que no lo desataba, al menos no con
ropa encima. Y así, entre caminos y rutas, decidí revivir los recuerdos del
carnaval de ayer, hoy y siempre.
El carnaval es un
paréntesis que abrimos en nuestras buenas costumbres, hacemos alarde del entrañable
amor, por ello este año me entrego a los brazos de la música más desenfrenada,
del baile, los disfraces, la extrema diversión y todo siempre a cuerpos
mojados.
El juego con agua es generalizado
en todo el Perú, y se extiende por varios días. Desde el siglo XX esta práctica
se disfruta llenando globos con agua y baldes, persiguiendo a los pobladores
hasta mojarlos; antiguamente se hacían con huevos llenos de agua. Los hombres
mojan y pintan a las mujeres y viceversa, en juegos que también incluyen talcos,
betunes e incluso barro. En algunos lugares, exageran, hasta con orina.
Estas festividades tienen un matiz
especial, la que se mezcla lo natural con lo sobrenatural, lo religioso con lo
pagano; lo terrenal con lo cósmico. Sus orígenes en los pueblos de la
antigüedad, provienen de una mezcla de festividades y ritos en honor a la
tierra, los animales y plantas. Eran amantes de la naturaleza, a la que
consideraban como una divinidad. De tal forma, cada pueblo fue desarrollando su
propia identidad y forma de expresarla.
La fiesta se desenvuelve con
sorpresas, espontaneidad y locura. Es un regocijo que envuelve, mata y revive a
la vez. Estas fechas son propicias para descubrirse, para sacar el “yo interno”
y dejarlo suelto en plazas repletas de personas en busca de esa dosis de
alegría, que solo el carnaval te puede ofrecer.
Estas fiestas nos
purifican el alma, es una excelente manera de poder desatar nuestros más bajos
instintos. Me pongo una máscara. No parezco chivo, pero sí una diabla. El sol
es abrasador, sofoca, pero encandila. El sudor y el agua hacen el amor y el
amor hace la fiesta. Todos nos refrescamos de una manera bendita.
Por todos lados hay
pintorescos personajes, ya no están camuflados, el chivo es chivo, la diabla
seduce a todos y los cuernos no son censurados, muchos lo llevan con honor y gloria.
Cuanto más fea sea la máscara, más atractiva resulta para todos.
A cada minuto se da
rienda suelta a la alegría, lanzar globos, pintar los rostros y mojar los
cuerpos, con baldes llenos de algarabía sin igual, son placeres que nadie puede
imaginar.
Los cuerpos mojados son
rutas trazadas a la gloria, la dulzura que contagia y la alegría que excita,
hasta lo más íntimo. Nos vemos sumergidos en una fiesta sin entrada reservada,
donde aseguras tener el clímax de la vida. La cultura se mueve, danza, grita y
con ello, el pueblo, jadeante, empieza a vibrar al son de los tambores.
Y ahí estamos, preparados
para el destello de días gloriosos, bombos, tambores, música, danzas, globos,
pintura, costumbres que no se pierden y un poco más de esos sentimientos envueltos
en esta fiesta de colores, que nos devuelve la magia que todos tenemos dentro.
La música se escucha
a lo lejos, cada vez más fuerte, es en ese momento que despierto a la realidad.
Estoy cansada, extasiada y mojada… el carnaval ya empezó.
¿Me mojas, amorcito?
No hay comentarios:
Publicar un comentario