Mi primer amor fue el irresistible, maduro, pero con sus mejores años, Richard
Gere, desde ahí nació la locura por
querer ser Julia Roberts, a lo “mujer bonita”, me gustó jugar a ser la princesa Elisabeta por la que
el conde Drácula de Coppola navegó “océanos de tiempo” para encontrarla; la
lista puede alargarse si de literatura hablamos, así jugué a estar en el limbo
de una Divina Comedia, o caminando por el monte como un Alquimista, decidiendo
morir como Verónica, o haciendo las Travesuras de una Niña Mala de un Vargas
Llosa en una Lima antigua; en fin muchas historias, diferentes vidas,
fantásticas aventuras y muchos disfraces imaginarios que ocultaban
personalidades, una vida.
A un día de
celebrar la tan esperada Fiesta de Halloween, recordamos que ésta fecha no es
más que una especie de tubo de escape de
la realidad, pues se prefiere ser esos personajes imaginarios que tanto gustan, a ser uno misma.
Ese juego en realidad resuelta hasta excitante, podemos ver a la “pura e inmaculada”
siendo una gatita sexy, diablita o una enfermera con la inyección en mano. Así
revelan su verdadera personalidad. Y un Halloween sólo durará un par de horas,
luego volverán a ser el lobo disfrazado de caperucita en un mundo real.
Celebrar Halloween es recordar las innumerables fiestas de
disfraces de a dos que he tenido, independientemente de las experiencias, el currículo
emocional, al querer conocer a alguien, presentamos al “mejor yo” y eso resulta
halagador -para el otro- y -para uno-,
eso significa interés y ganas de gustar, pero existe también una variedad del
“mejor yo” que no puede ser peor, pues despide una falsedad que se huele a
kilómetros: “el imposible yo”.
Un sábado cualquiera puede ser una noche de Halloween, en un
sólo lugar podemos encontrar a algunos de los clásicos, como el popular “calentador
de oreja” (así califica mi amiga a los charlatanes de barra) o su versión
femenina, es decir, esas personas a las que no les basta enumerarte no sólo
quienes son, que han hecho en la vida, sino a quienes conocen, en dónde paran
y, qué casualidad, siempre conocen a alguien que tú también conoces, lo más
seguro es que si le preguntas a esa persona en común, no tenga idea de por
quién le estás preguntando. La jungla no termina ahí, siguen los que quieren
figurar, las dancing queens, los pops, los nerds, los punks, los chicos de
camisa de cuadritos, las chicas de lentejuelas, los hippies, los chicos y
chicas invisibles, todos juntos en una pecera transparente llena de
expectativas, que con el pasar de las horas, y algunas veces el alcohol, mueren
en el intento si no ha habido éxito en la conquista o la elección del mejor
disfraz.
Si sólo fuera cuestión de forma, todo estaría bien. ¿A quién
no le gusta la variedad? ¿A quién no le llama la atención alguien diferente?
Sin embargo, si llegamos al fondo del asunto, vienen los problemas. ¿Por qué
escondernos detrás de una careta falsa para no demostrar en realidad quienes
somos? ¿Qué importa si no eres lo suficiente divertido, guapo o atractivo como
piensas que debes ser? ¿Qué importa si a la primera no resultas interesante o
divertido/a? Quizás esa persona, que te mira desde otra mesa sin atreverse a
hablarte, esté buscando lo mismo que tú: “Quizás sólo quiera conocerte”.
Y pongamos que resulte la unión de dos mentiras, ¿Cuánto
tiempo se puede pretender ser algo que uno no es? La realidad tira los
disfraces a la basura, el maquillaje sólo dura unas horas, pero con suerte hay
un pequeño casi-milagro que sucede más a menudo de lo que parece: que al otro
le parezcas de puta madre, así, sin pelucas, trajes, coronas de princesa, ni
armaduras de príncipe azul o de algún otro color.
Disfrutar de una buena fiesta de disfraces por Halloween
puede estar bien, total, por un momento sale tu lado más sexy y salvaje que nunca
pensaste tener, o que siempre lo ocultaste. Puedes ser la más santa o la más
puta en Halloween, luego volverás a tu realidad, a ser tu misma y quizás aún
con el antifaz.
En cuestión de relaciones, quitémonos las máscaras, no nos
sumerjamos en fiestas de disfraces sólo para aparentar y mostrar lo mejor del paquete, como si fueras un
producto. Ser original y auténtica te suma puntos, así no tienes que fingir, sólo seguir siendo tú misma, así el
juego resulta más interesante.
Sin disfraces, las pequeñas fiestas de dos son más
divertidas.
¿Nos quitamos
el antifaz?
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