AKRA

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jueves, 6 de noviembre de 2014

¿Con o sin disfraces?


Mi primer amor fue el irresistible, maduro, pero con sus mejores años, Richard Gere, desde ahí nació  la locura por querer ser Julia Roberts, a lo “mujer bonita”, me gustó jugar a ser la princesa Elisabeta por la que el conde Drácula de Coppola navegó “océanos de tiempo” para encontrarla; la lista puede alargarse si de literatura hablamos, así jugué a estar en el limbo de una Divina Comedia, o caminando por el monte como un Alquimista, decidiendo morir como Verónica, o haciendo las Travesuras de una Niña Mala de un Vargas Llosa en una Lima antigua; en fin muchas historias, diferentes vidas, fantásticas aventuras y muchos disfraces imaginarios que ocultaban personalidades, una vida.

A un día de celebrar la tan esperada Fiesta de Halloween, recordamos que ésta fecha no es más que una  especie de tubo de escape de la realidad, pues se prefiere ser esos personajes  imaginarios que tanto gustan, a ser uno misma. Ese juego en realidad resuelta hasta excitante, podemos ver a la “pura e inmaculada” siendo una gatita sexy, diablita o una enfermera con la inyección en mano. Así revelan su verdadera personalidad. Y un Halloween sólo durará un par de horas, luego volverán a ser el lobo disfrazado de caperucita en un  mundo real.

Celebrar Halloween es recordar las innumerables fiestas de disfraces de a dos que he tenido, independientemente de las experiencias, el currículo emocional, al querer conocer a alguien, presentamos al “mejor yo” y eso resulta halagador -para el otro- y  -para uno-, eso significa interés y ganas de gustar, pero existe también una variedad del “mejor yo” que no puede ser peor, pues despide una falsedad que se huele a kilómetros: “el imposible yo”.
Un sábado cualquiera puede ser una noche de Halloween, en un sólo lugar podemos encontrar a algunos de los clásicos, como el popular “calentador de oreja” (así califica mi amiga a los charlatanes de barra) o su versión femenina, es decir, esas personas a las que no les basta enumerarte no sólo quienes son, que han hecho en la vida, sino a quienes conocen, en dónde paran y, qué casualidad, siempre conocen a alguien que tú también conoces, lo más seguro es que si le preguntas a esa persona en común, no tenga idea de por quién le estás preguntando. La jungla no termina ahí, siguen los que quieren figurar, las dancing queens, los pops, los nerds, los punks, los chicos de camisa de cuadritos, las chicas de lentejuelas, los hippies, los chicos y chicas invisibles, todos juntos en una pecera transparente llena de expectativas, que con el pasar de las horas, y algunas veces el alcohol, mueren en el intento si no ha habido éxito en la conquista o la elección del mejor disfraz.
Si sólo fuera cuestión de forma, todo estaría bien. ¿A quién no le gusta la variedad? ¿A quién no le llama la atención alguien diferente? Sin embargo, si llegamos al fondo del asunto, vienen los problemas. ¿Por qué escondernos detrás de una careta falsa para no demostrar en realidad quienes somos? ¿Qué importa si no eres lo suficiente divertido, guapo o atractivo como piensas que debes ser? ¿Qué importa si a la primera no resultas interesante o divertido/a? Quizás esa persona, que te mira desde otra mesa sin atreverse a hablarte, esté buscando lo mismo que tú: “Quizás sólo quiera conocerte”.
Y pongamos que resulte la unión de dos mentiras, ¿Cuánto tiempo se puede pretender ser algo que uno no es? La realidad tira los disfraces a la basura, el maquillaje sólo dura unas horas, pero con suerte hay un pequeño casi-milagro que sucede más a menudo de lo que parece: que al otro le parezcas de puta madre, así, sin pelucas, trajes, coronas de princesa, ni armaduras de príncipe azul o de algún otro color.
Disfrutar de una buena fiesta de disfraces por Halloween puede estar bien, total, por un momento sale tu lado más sexy y salvaje que nunca pensaste tener, o que siempre lo ocultaste. Puedes ser la más santa o la más puta en Halloween, luego volverás a tu realidad, a ser tu misma y quizás aún con el antifaz.
En cuestión de relaciones, quitémonos las máscaras, no nos sumerjamos en fiestas de disfraces sólo para aparentar y mostrar  lo mejor del paquete, como si fueras un producto. Ser original y auténtica te  suma puntos,  así no tienes que  fingir, sólo seguir siendo tú misma, así el juego resulta más interesante.
Sin disfraces, las pequeñas fiestas de dos son más divertidas.

¿Nos quitamos el antifaz?

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