A algunos puede parecerles una
locura; a otros, una solución. Nos referimos al “amigo con beneficios”,
personaje muy de moda en nuestros días. Quizá sólo se han confundido los
papeles o quizá, como ya hemos dicho, es sólo cuestión de moda. En todo caso,
esta moda no parece tener fecha de caducidad.
Alguna vez hemos visto por allí a dos
amigos tomados de las manos, abrazados o en actitudes propias de una relación
de enamorados. Pero no, falsa alarma, son sólo “amigos cariñosos”, que se
autoproclaman “solteritos sin compromiso”, pero que se brindan “exclusividad”.
Esta moda no es exclusiva de los
jóvenes -que como podría pensarse están en la “onda free” de pasarla bien y
nada más-. Para nada. Esta relación existe también en adolescentes, adultos y
hasta ancianos, que se supone ya pasaron por la etapa de la diversión y de la
rica vida de experimentar locamente.
Para los “amigos cariñosos” valen
besos, caricias por aquí, caricias por allá y sobre todo el sexo -que predomina-,
pues este tipo de relación es más pasional que amorosa, debido a lo cual
incluye los celos y las antipáticas escenitas de pertenencia. En fin, resulta
que estos amiguitos no son pareja.
Las personas incurren en este tipo de
relación por el miedo a comprometerse, a la soledad o a experimentar –o volver
a experimentar- el dolor de una ruptura. Por lo general, los
participantes sólo pretenden divertirse.
Ahora, una relación de amigos
cariñosos que abarca lo “free” no puede funcionar si una de las partes
involucra sentimientos amorosos. Cuando uno de los dos se “engancha” -a pesar
del acuerdo inicial propio de este tipo de relaciones-, eso concluye el juego
del tira y afloja.
Si desde el principio de la relación
de “amigos cariñosos” se da un pacto, ¿por qué en no pocos casos se involucra
al corazón? Simplemente por la cercanía constante, que causa el surgir de
sentimientos que se pretendía excluir en este proceso de sólo pasarla bien.
¿Cómo no desarrollar un sentimiento amoroso hacia la persona con la que -más
allá de sentirte atraído sexualmente- te diviertes, compartes tus secretos y
desarrollas confianza, con la que ríes y quizá lloras, con aquella que
compartes parte de tu vida? A menos que tengas corazón de piedra y alma de
hierro, es inevitable desarrollar por ella más que un cariño de amigos.
¿Qué pasa cuando tú quieres algo más,
pero él ya no? Eso es lo que comúnmente pasa, pues el juego que tan atractivo
parecía al principio, como todo juguete nuevo, llega a cansar. Desde el momento
en que no te toman en cuenta, no vale la pena.
Mi ex “amigo con beneficios” y
yo estábamos desilusionados del amor, pues habíamos vivido cada uno la desdicha
y el engaño de personas a las que les dimos una parte de nuestro ser. Así, las
invitaciones a comer, saliditas al cine, el compartir secretos y regalarnos
fines de semana en los que sólo existíamos él y yo se convirtieron en nuestro
pasatiempo favorito.
Con él, las horas eran eternas, pues
nos complementábamos. La única forma de estar bien era refugiándonos el uno en
el otro. Una caricia, momentos eternos, confianza, risas y alegrías compartidas
era un todo que hacía única la forma en la que solíamos llevarnos.
Un beso y otro beso más.
Estúpidamente pensaba que él era lo mejor que me había pasado. Y, como un imán,
eso atraía más y más.
Al principio se piensa que este tipo
de relaciones es algo con lo que se puede lidiar y te sientes capaz de manejar
la situación, pero con el tiempo todo se torna más complicado, pues me
preguntaba qué éramos. Él nunca decía nada, tan sólo “te quiero”, “nos llevamos
muy bien”, “eres mi amiga” y “eres lo máximo”.
Transcurrió el tiempo. Pasaron ocho,
nueve meses, lapso durante el cual le entregué la mitad de mi vida, todo mi ser
sin pedir más que su cariño y su “exclusividad”, que creía poseer. No era
cierto, pues no se puede pretender que el “mejor amigo” sea fiel.
Recuerdo días en que todo era
perfecto y yo le preguntaba por qué no lo intentábamos. Con un beso y la
sonrisa dulce y pícara con que solía regalarme, el Don Juan respondía: “estamos
bien”, “no estoy preparado”, “pero sabes que te quiero mucho”. Me sentía una
estúpida, porque a pesar de escuchar eso seguía con él. Y lo peor es que me
encantaba estar encantada con los espejismos que me regalaba.
Lo sentía muy mío y en realidad todo
era como si fuéramos una “pareja formal”. Sólo faltaba el título, pero en
definitiva yo no estaba en el futuro de él y, si lo estaba, era como su mejor
amiga, con la que compartía momentos únicos.
Yo empezaba a exigir más, a reclamar,
a pedir explicaciones y, por supuesto, mis celos salían a relucir
exageradamente. Aún era un volcán de amor y la comprensión se esfumaba de mí.
No podía entender que no era que él no estuviese preparado para una relación
formal sino que, simplemente, no quería involucrarse ni asumir compromisos.
Y él seguía siendo mi amante, mi
amigo y el pendejo de mi vida…hasta que -como todo lo que empieza acaba- esto
terminó de la peor forma. De todos modos agradezco la experiencia, porque del
pendejo de mi vida aprendí muchísimo. Él lo perdió todo, hasta a su mejor
amiga, a su mujer perfecta.
Cada persona tiene derecho a tener la
relación sentimental que más le convenga, sea con o sin compromiso. El detalle
está en sincerarnos con nosotros mismos y darnos cuenta de si estamos aceptando
algo distinto a lo que verdaderamente deseamos.
¿Y tú tendrías un amigo con
beneficios?
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